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“Las armas y los libros”, un texto de Eduardo Rinesi en homenaje a la Revolución de Mayo

Debates

En un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo de 1810, el Centro Cultural Kirchner pone en línea un texto especialmente escrito para esta ocasión por el filósofo, politólogo y educador argentino Eduardo Rinesi, en torno al legado de la revolución y a la figura de Horacio González, recordado intelectual, escritor y director de la Biblioteca Nacional, de cuyo fallecimiento se cumplirá un año el 22 de junio próximo.


Las armas y los libros

Escribimos estos rápidos apuntes a días del primer aniversario de la muerte de nuestro amigo y maestro Horacio González y pensando, en relación con el legado de la revolución de 1810, en algunos de sus grandes libros. Vamos a abrir dos de ellos a propósito de otras tantas decisiones de uno de los personajes centrales de esa revolución: Mariano Moreno, que en los meses que siguieron a las jornadas de mayo, convertido en Secretario de la Junta de Gobierno, en su mayor cronista y en el autor de sus mejores textos, hizo muchas cosas (varias de ellas con las palabras de esos mismos textos) que interesan a una discusión sobre el destino del país que se fundaba sobre esas escrituras y esas decisiones. De ellas –descartados aquí, en bien de la brevedad, el republicano Decreto de supresión de honores y el férvido Plan de operaciones, y con ellos las preguntas por la inspiración del primero, la autoría del segundo y la coherencia o incoherencia entre ellos–, hay dos que ocuparon a González en sendos preciosos libros: la de crear la Biblioteca Pública, hoy Biblioteca Nacional, y la de hacer fusilar a Santiago de Liniers.

Empezamos por este último asunto, que ocupa páginas decisivas de un libro póstumo de González que acaba de ver la luz: Fusilamientos, una historia argentina a través de la revisión de esa práctica estatal y revolucionaria (a veces estatal, a veces revolucionaria, a veces las dos cosas a la vez: cuando quien ordena practicar esa sumaria y dudosa forma de justicia es el gobierno de una revolución en marcha), y que mereció de Moreno una página de la Gazeta de la que nadie puede decir que resuelva fácil un problema muy difícil: el del grado de violencia que puede permitirse una revolución que llega para dejar atrás un viejo orden. En su libro sobre el héroe de la reconquista, Paul Groussac condena una ejecución que –escribe– salpica para siempre la frente de la revolución. En Las multitudes argentinas, José María Ramos Mejía acepta el proceder jacobino de la Junta. González hace de esa ejecución algo así como la fundación mitológica de la nación, que no dejaría de verla repetida en las décadas y los siglos subsiguientes. En su texto Moreno busca explicar algo que no se deja explicar así nomás. Su prosa duda, sufre, se retuerce. Hubo que fusilar –sugiere– para ya no tener que hacerlo. El final tiene un tono shakespeareano: “Corramos el telón a esta escena lúgubre: ya se descubre un horizonte más alegre”.

No más alegre, pero sí más edificante, es otro texto con el que Moreno completa y explica una (otra) decisión del gobierno revolucionario que integraba: la de poner a funcionar, en Buenos Aires, una Biblioteca. Ocurría, como explica González en otro de sus grandes libros: la Historia de la Biblioteca Nacional, que la única escuela de la ciudad (el Real Colegio de San Carlos, hoy Colegio Nacional de Buenos Aires) estaba, en medio de la revolución y de la guerra, convertida en un cuartel, y por lo tanto no podía cumplir su tarea educativa, y en ese trance la Junta juzga necesaria la creación de una “casa de libros” donde la juventud, impedida de asistir a clases, pudiera sin embargo proseguir su educación. Por cierto, así se titula el texto que comentamos, “Educación”, que, dice su autor, es el único sentido que tiene una Biblioteca. Y no nos quedan dudas de que es Moreno, el fanático Moreno, el que escribe este artículo, que aparece también, sin firma, en la Gazeta, cuando leemos que si una biblioteca no sirve a ese fin de favorecer la ilustración del pueblo es mejor que arda entre las llamas y que la consuma el fuego, como le ocurrió a la de Alejandría. La fuerza de las imágenes morenianas nos ubica, de nuevo, en el terreno de los grandes mitos que fundan los países y, quizás más todavía, las culturas.

Los libros y el fuego: son los temas de Moreno y de la revolución. Y de González, por cierto, que durante los años en que la dirigió dio el nombre de Moreno a la Biblioteca Nacional de la República Argentina. No es cosa que no tenga consecuencias poner un nombre. Menos que menos un nombre que es también el del corazón flamígero de una revolución. Es instalar la revolución, su recuerdo y su inspiración en el medio del mundo secular y laico de las instituciones. Y al hacerlo, hacer de esas instituciones otra cosa. Los modos, llenos de vacío, en los que hoy se habla entre nosotros de esas instituciones, “las Instituciones de la República”, las formas en las que se engola la voz para arrancarlas a las unas y a la otra, a las Instituciones y a la República, del terreno encrespado de la historia, puede hacernos olvidar que es esa historia, hecha de pasión y furia, de utopías y atolondramientos, la que está en la base de esas instituciones entre las que transcurre nuestra vida colectiva, a la que no hay motivo para exigirle menos que lo que haga justicia a los sueños de libertad que animaron la aventura de la fundación de este país.

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