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¿Qué historias retratan las fotos? Un viaje a los primeros años de la fotografía en Argentina

Archivos

Hace casi dos siglos, en febrero de 1840, llegó al puerto de Montevideo el primer daguerrotipo que fotografió la vida en el Río de La Plata. El invento originario de París trajo consigo una gran revolución, no solo en la manera en la cual lxs individuos y la sociedad se miraban a sí mismxs, sino respecto de los modos de constituir la imagen y la representación de una nación. El daguerrotipo fue la primera técnica fotográfica conocida, es decir: por primera vez se pudo imprimir una imagen sobre una superficie sensible a la luz o fotosensible. Sin embargo, este proceso implicó un ir y venir de avances tecnológicos y cambios en las formas de utilizar la nueva técnica. Ya en 1843, y más allá de los conflictos políticos y militares que enfrentaba nuestro país, Argentina se convirtió en el destino predilecto de muchos aficionados daguerrotipistas europeos y norteamericanos. Buenos Aires se transformó en una ciudad vanguardista que recibió una oleada de negocios de la retratística que colisionó con pintores y miniaturistas, quienes hasta entonces eran los que realizaban los retratos de quienes podían pagar por ello.

Más allá de la novedad que significó el surgimiento del daguerrotipo, era una técnica costosa a la que solo podía acceder una pequeña élite económica, y cuya principal limitación radicaba en su carácter único, ya que consistía en una imagen positiva que no podía reimprimirse o reproducirse. Como consecuencia, se instauró una creciente presión social, porque muchas capas de la población quedaban excluidas. Después de varios avances en esta nueva técnica, como el ambrotipo o el ferrotipo, la carte-de-visite revolucionó la manera de hacer retratística, por la relación costo-cantidad de retratos que el interesado podría adquirir y, principalmente, porque habilitó la reproducción de la imagen a partir de negativos. Creada por el francés André Adolphe Eugéne Disdéri, la tarjeta de visita estaba compuesta por una cámara de cuatro objetivos, que obtenía una serie de ocho retratos de pequeño formato en distintas poses; estos se montaban sobre una cartulina que era luego entregada al cliente en doce copias. El invento del francés reemplazó al daguerrotipo y se destacó por el bajo precio y la alta practicidad. Ya en 1860, en todas las ciudades de nuestro país, sin importar qué tan pequeñas fueran, había un estudio fotográfico haciendo uso de esta novedad parisina. Después de recibir los consejos del fotógrafo, el cliente posaba en una galería de techos y ventanas de vidrio para recibir toda la luz solar necesaria. La representación tenía un carácter teatral, con una fuerte presencia de elementos decorativos y escénicos. El retratado se ubicaba en un ambiente barroco, muchas veces rodeado por pinturas de paisajes muy lejanos a nuestra geografía. Entre tules y cortinas, mantenía el cuerpo inmóvil durante largos minutos, ya que el tiempo de exposición debía ser largo debido a los tiempos lentos de la técnica de ese entonces. El mayor mérito que se le adquiere a la carte-de-visite es haber democratizado la técnica fotográfica, en relación con la posibilidad económica de acceder a un estudio de fotografía. De esta manera, se transformó en una herramienta accesible a la mayoría de los segmentos de la sociedad argentina para retratarse a sí mismos.

A excepción del archivo de Christiano Junior y su sucesor Alejandro S. Witcomb, la mayoría de las fotografías realizadas en el siglo XIX están perdidas. En una propuesta en conjunto con el Archivo General de la Nación, en la sala Archivo del Centro Cultural Kirchner se encuentra la exposición La caja y la magia. Un acercamiento al archivo Witcomb. A través de fotografías de distintos formatos y documentos originales de época, la exhibición nos invita a acercarnos a la práctica fotográfica de fines del siglo XIX y mediados del XX y a su historia. Las fotografías expuestas son impresiones hechas a partir de la digitalización de negativos de vidrio. Fueron producidas con cámaras de gran formato y tienen un tamaño de aproximadamente 40 x 50 cm.

¿Quién fue Alexander Spiers Witcomb?
En un contexto histórico en el que, además de los avances tecnológicos en materia de fotografía, se estaba gestando lo que sería la identidad nacional argentina, el estudio de Alexander Spiers Witcomb encontró un gran espacio para desplegarse. El inglés que migró hacia América en busca de mejores oportunidades se distinguió por su manera de retratar, por los personajes que posaron frente a sus cámaras y por las alianzas estratégicas que desarrolló para hacer crecer su negocio. En un estudio excéntrico, que se distinguía por escenografías bucólicas, un gran ambiente refinado, con sillones amplios, muebles y jarrones, las alfombras de pieles de osos y leones resaltaban su carácter singular. A pesar de haber sido el fundador del estudio fotográfico más prestigioso del país, solo contamos con un autorretrato de Witcomb.
Los principios del fotógrafo en Latinoamérica coincidieron con el surgimiento de los pequeños retratos posados en estudio, y toda su producción giró en torno a las carte-de-visite. En 1866 inauguró en Rosario su primer establecimiento de fotografía en Argentina. Rápidamente logró adquirir reconocimiento y se destacó frente a los competidores por su calidad, por los procedimientos de tendencia que utilizaba y por la obra final que les brindaba a sus clientes. Sin embargo, su ambición crecía y se planteó un nuevo objetivo: abrir su estudio fotográfico en Buenos Aires. Para lograrlo, Witcomb empezó a trabajar en conjunto con Roberto Mackern, un joven proveniente de una familia irlandesa dedicada al negocio de imprenta y librería. La nueva sociedad que derivó de su unión compró el estudio de un fotógrafo muy reconocido en esos años: Christiano Junior. Ubicado en Florida 208, entre Cuyo y Corrientes, el estudio mantuvo todas las instalaciones del dueño anterior, las cámaras y un enorme archivo de negativos con vistas de Buenos Aires.

¿Qué distinguió al estudio Witcomb de los demás que crecían fervientemente en Buenos Aires?

Alexander S. Witcomb, primero en conjunto con Mackern y luego independientemente, desarrolló distintas alianzas estratégicas que le permitieron aumentar el prestigio de su estudio, al mismo tiempo que hacerlo conocido masivamente. En un primer momento, a través del acuerdo hecho con el semanario humorístico El Mosquito, extendió de manera considerable su visibilidad masiva. Años más tarde, cuando el estudio ya era de su propiedad exclusiva, se alió con la revista más popular de la época, Caras y Caretas. Esta acción representó una gran novedad para la época, ya que el fotógrafo proveyó de material a la primera revista argentina que introdujo grandes coberturas fotográficas en sus números. Para seguir afirmándose en el mercado, Witcomb implementó una alianza artística: se asoció con el fotógrafo Freitas, hijo mayor de Christiano Junior. En 1884 se conformó entonces la nueva sociedad Witcomb y Freitas, que puso a disposición todos los formatos utilizados en la retratística de la época: carte-de-visite, portrait cabinet, promenade, boudoir y el gran imperial. El estudio se transformó en el predilecto de familias reconocidas, como Chopitea o Senillosa. Sin embargo, esta sociedad duró nada más dos años, y en 1887 Alejandro S. Witcomb fundó su propio estudio fotográfico, el cual se abocó a documentar los símbolos más representativos de la nueva aristocracia argentina, sus mansiones, quintas urbanas y estancias. Su mayor ingreso estaba en el campo de la retratística social para la alta burguesía, a la cual le ofrecía las últimas tendencias en boga. Las personas acudían al estudio cuando irrumpía en su vida un hecho de gran importancia: casamiento, comunión, graduación. Otra de las características que diferenció a su estudio fue la presencia de escenografías precisas: desde telones fotográficos hasta biombos, estatuas, sillas de todo tipo y enormes alfombras, que brindaban al marco una representación teatral. Además, ningún otro estudio de la época se dedicó como lo hizo la firma Witcomb a retratar a todos los presidentes del país. De hecho, esta tendencia ya se había iniciado con Christiano Junior y su retrato a Domingo Faustino Sarmiento. A partir de ese momento, todos los presidentes argentinos posaron para sus cámaras. Esta iconografía presidencial fue una tradición distintiva de la casa hasta que cerró en 1971. En un contexto de fuertes oleadas migratorias, la retratística de Witcomb fue clave para la construcción visual de la nacionalidad argentina y para la formación de una iconografía patria.

Detrás de cada foto de la exposición La caja y la magia. Un acercamiento al archivo Witcomb se puede reconstruir un momento clásico de la elite porteña de la época, que posaba inmersa en una escena formada por grandes sillones, reclinatorios, muebles refinados, jarrones, maceteros y plantas de interior. La distribución de los personajes en el espacio da cuenta de una de las reglas estéticas de la época: el jefe de familia estaba siempre en el centro con su esposa al costado, rodeado por sus hijxs, yernxs o nietxs.

La reconstrucción histórica de la fotografía, su llegada a nuestro país y la manera de apropiación que tuvo por parte de los fotógrafos y la sociedad civil evidencia los profundos cambios que atravesó esta técnica hasta el día de hoy. Si a principios de siglo era un procedimiento reservado a unxs pocxs aficionadxs y a las elites, hoy está al alcance de la mayoría de la población. No solo se han democratizado los conocimientos necesarios para fotografiar, sino que se ampliaron y multiplicaron las capacidades de autorrepresentación. Sin embargo, este presente abre nuevas preguntas. En un contexto de saturación de imágenes y fotografías, ¿qué otros riesgos se corren?


La información de esta nota está basada en el libro de Abel Alexander Estos débiles papeles son más fuertes que los ladrillos (ArtexArte Ediciones, 2021).

La caja y la magia. Un acercamiento al archivo Witcomb puede visitarse de miércoles a domingos, de 14 a 20 h, en la sala 512

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