Beatriz Vallejos

Beatriz Vallejos Todavía la luz

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Un tributo a la gran poeta santafesina

Todavía la luz, nuevo ciclo de poesía del Centro Cultural Kirchner, ofrece todos los meses, y a partir de una figura poética argentina y una selección de su obra, la mirada singular de diferentes artistas de la música, la literatura y el video. El ciclo tiene como objetivo el rescate de textos de poetas de todo el país ya fallecidos, cuyas obras han quedado agotadas o fuera del circuito comercial. 
 
La primera entrega pone el foco en la figura y la obra de la poeta santafesina Beatriz Vallejos (1922-2007).

Beatriz Vallejos

Beatriz, por María Teresa Andruetto

En los últimos años ochenta, o los primeros noventa, llegaban a casa por correo unas plaquetas y plegados adorables que el poeta santafesino Roberto Aguirre Molina lanzaba al viento, poesía elegida impresa en papeles color marfil, plegados por sus hijas. Los atesoro. Tengo en la biblioteca una caja abierta de madera -una biblioteca pequeña dentro de la biblioteca- con esas miniaturas. De ese modo llegó por primera vez a mí, la poesía Beatriz Vallejos, en esas ediciones artesanales de la colección El soplo y el viento, de Ediciones delanada. Eso que era un soplo apenas, eso que se nombraba a sí mismo como la nada, trajo cierta vez con el cartero en breve empaque, para mí, un tesoro.

Un par de poemas de Beatriz Vallejos.

Beatriz Vallejos nació en Santa Fe en 1922 y murió en Rosario en 2007. Vivió algunos años en Capilla del Monte (Córdoba) y otros en Colonia Corondina (Santa Fe), donde ejerció la docencia, y luego ya en Rosario, con intermitentes temporadas en su preciosa casa de San José del Rincón. Publicó los libros de poesía Alborada del Canto (Castelvi, Santa Fe, 1945), Cerca pasa el río (Ediciones Rosario, Rosario, 1952), La rama del seibo (edición de la autora, Rosario, 1963), El collar de arena (Colmegna, Santa Fe, 1980), Espiritual del límite (La Ventana, Rosario, 1980), Pequeñas azucenas en el patio de marzo (Ediciones Juglaría, Rosario, 1985), Ánfora de Kivi (Ediciones Juglaría, Rosario, 1985), Horario corrido (Fundación Ross, Rosario, 1985), Lectura en el bambú (Fundación Banco Bica, Santa Fe, 1987), Sin evasión (Ediciones delanada, Santa Fe, 1992), Donde termina el bosque (Ediciones del Taller, Rosario, 1993), Del río de Heráclito (edición de la autora, Santa Fe 1999), Del cielo humano (Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2000), El Cántaro (Ediciones en danza, 2001, Buenos Aires). En 2002, la editorial de la Universidad Nacional del Litoral publico detrás del cerco de flores, exquisita edición de libro caja con CD en el que la propia Beatriz dice algunos de sus poemas con música de fondo de latidos de su propio corazón y en el año 2012 las editoriales de la Municipalidad de Rosario y de la Universidad Nacional del Litoral publicaron su obra reunida con prólogo de la poeta Celia Fontán, amiga entrañable de Beatriz, y cronología de la también poeta Beatriz Vignoli.

Desde aquel tiempo en que recibí aquellas plaquetas y plegados busqué otros poemas suyos, trabajo de topo que escarba en librerías de viejo, que les pide a conocidos de otra provincia fotocopias o transcripciones, todas las formas posibles de compartir poesía antes que nos llegara la virtualidad. Y lo que encontraba, que no era mucho, que nunca me era suficiente, lo llevaba a mis talleres para compartirlos y para incitar a que otros escribieran a partir de sus palabras.

Poeta y laquista, Beatriz Vallejos es una voz perdurable, intensa, delicada, en la poesía santafesina y en la del país, espléndida entre los poetas del Gran Rio, que conforman una tradición central de la poesía argentina, una de sus vertientes de mayor potencia. La sutil presencia humana y la delicadeza con que ella mira el paisaje litoraleño, los brazos del Paraná, sus islotes y pantanos, el agua, las gradaciones de la luz, la quietud, el silencio, la belleza del instante, dan sustancia y contenido a los poemas.

Finalmente conocí a Beatriz. Fue unos diez años más tarde de aquel primer encuentro con su poesía, cuando mis hijas ya habían crecido y empezaban a invitarme a dar cursos de literatura y educación en otras provincias. Fui a Santa Fe hacia noviembre de 2001, poco antes de la debacle nacional, y la visité, por la generosidad de una amiga común, en su preciosa casa de San José del Rincón, con recuerdos de artistas plásticos santafesinos –sus amigos– de la movida cultural de los sesenta, más un jardín frondoso con bosquecito de bambúes incluido, más calles arenadas de pueblo y la deslumbrante proximidad del Paraná o mejor, de uno de sus brazos, el Ubajay.

Beatriz Vallejos alternó su actividad poética con la plástica. Se destacó como laquista, fue discípula del imaginero chileno Carlos Valdés Mujica y a partir de los años sesenta realizó exposiciones, participó de muestras en el Salón de Arte Moderno del Museo Castagnino, en Rosario, e integró otras muestras con artistas plásticos de renombre. En sus lacas, plenas de veladuras, supo incorporar resinas y detritus propios del paisaje litoraleño como restos de maderas y espinas de peces. Creadora que no veía límites entre distintas manifestaciones del arte, combinó textos, música, imágenes, y podría decirse que escribió poesía como si pintara y pintó lacas como si de un poema se tratara.

Desde aquella visita a su casa tuve siempre noticias suyas, además de por la amiga en común, porque nos escribíamos, ella al dorso de reproducciones de sus lacas, y nos hablábamos cada tanto por teléfono. Tengo sobre todo en la memoria una imagen de mí misma junto a una ventana hablando largo con ella después de la inundación de Santa Fe.

En los comienzos fue más típicamente sesentista, con toques telúricos y cierto espíritu de denuncia, hasta que más tarde el mundo fluvial (apaisado profundo) que comienza realista adquiere ya para siempre formas y tonos que evocan la poesía oriental y la filosofía zen. Aparecen a veces aproximaciones a tankas y haikus, pero es sobre todo en el tono y el tempo de los poemas, en la morosidad con que se detiene en la captación del instante y en la observación cada vez más esencial de la naturaleza, donde esa influencia se percibe. La escritura como un soplo, un suspiro leve, casi impalpable, como lo apenas dicho, intuición e ilusión de lo inasible de todo lo cual dan cuenta la elección de las palabras, la disposición de los versos, la puntuación o su ausencia… El tono cada vez más cercano a la meditación, resistente muchas veces a la lógica sintáctica y, a medida que la vida avanza, cada vez más cercano a una ingenuidad próxima a la sabiduría.

Nos vimos personalmente solo dos veces.

“Los estados subjetivos, la reflexión, el registro del acontecer, la transmutación del paisaje, el padecimiento de los inundados, la humillación del vecino, los problemas de la física, porque el poema es el universo mismo” escribe acerca de ella la también poeta Celia Fontán que tanto la conoció en vida y obra.[1] Extraña y refinada, nuestra Beatriz construye una poesía condensada, sencilla, depurada al extremo y al mismo tiempo plena de asombro vital, de una forma de candor que más que ingenuidad es un regreso a lo esencial, un atisbo de los misterios que el mundo ofrece a sus criaturas.

La segunda vez que la vi, en octubre de 2004, fue en el departamento de Rosario al que la llevaron porque ya no podía vivir sola. Yo sabía ya un poco acerca de su desmemoria. Estaba en Rosario como invitada al Festival de Poesía y fui a su casa el día en que llevaban a Palestina los restos de Yasir Arafat, lo digo porque no puedo ya separar de la memoria mi conversación con ella habitada por la desmemoria de la imagen del ataúd que llevaba el cuerpo de ese hombre hacia las entrañas de su pueblo.  Ese día conversamos, almorzamos, yo le había llevado un ramo de jazmines, ella tomó una libreta con números telefónicos y llamó a sus amigas para decirle que estábamos juntas las dos, todo tenía un halo de celebración, pero de pronto se perdió y me preguntó si conocía a Teresa. Fue un día triste, salí de su casa, me metí en un bar y escribí un borrador de lo que después seria un poema con su nombre, en su nombre, para ella.

Transparencia, luminosidad, incandescencia, sutileza, candor, contemplación son asociaciones a las que nos llevan sus poemas. “Si al parecer es naïf, es decir ingenua, la poesía que escribo, será por imperativo maternal de ofrecer mundos posibles de armonioso y fértil equilibrio. Será para replegar lo problemático y oscurodice una cita de El poema, umbral de transparencia (aproximación a la lírica de Beatriz Vallejos), de Pablo Serr.[2]

Muchos de sus poemas toman la forma de una conversación y eso es lo que apareció en lo que escribí para/sobre/con ella. Diálogo, lugar de encuentro entre las dos. En la propia escritura, la palabra de la otra. Escribí Beatriz unos diez años antes de escribir Cleofé, con poemas donde la desmemoriada era mi madre y recién entonces, con este libro hecho, supe que aquel día de tristeza en Rosario (la última vez que vi a Beatriz Vallejos) y el borroneo de escritura en el bar, al salir de su casa, eran una precuela de lo que vendría una década más tarde. Me vi en esa escena, como una hija primero y después como ella misma, como alguna vez estaré yo si la vida se extiende lo suficiente como para extraviarse para mí y hacer que me extravíe.

Antes del poema
en cada rama

antes

antes

Sólo allí quiso ser [3]

Titulé el poema con su nombre: Beatriz. A diferencia de todos los que he escrito, se trata de un poema extenso, dividido en dos partes. El proceso de construcción fue complejo porque la escritura fue provocada por su palabra, y es con esas palabras suyas fragmentadas que llegó el poema. Yo ya había trabajado a partir de las palabras de otros poetas; decidí tomar las palabras de Beatriz (muchas veces palabras, algunas veces frases), barajarlas y dar de nuevo. Palabras (o breves frases) en muchos casos intervenidas, a la vez que amalgamadas con las mías. Palabras de Beatriz intervenidas, modificadas, en romanas. Más mis palabras también en romanas. Más citas textuales de sus poemas en itálicas. Más líneas mías en itálicas, como si de citas se tratara…

No es casual que la escritura de Beatriz me haya llevado una y otra vez a mi madre, a las madres, tal vez porque vi en ella algo que pasado un tiempo se volvería mío, la que escribe envejeciendo y deseando en el envejecimiento, depurarse, quitarse de sí todo exceso. Todo esto (y quién sabe cuánto más) está detrás de ese Beatriz que se fue escribiendo en memoria de la poeta amada y honrada. Un pasado de vida y escritura que se rebela y me revela, subsume en la memoria la huella indeleble de su poesía.  En el título de un libro, en el epígrafe, en conversaciones con ella, pero sobre todo en ese modo tan condensado con que ejerció la palabra, Beatriz se ha quedado en mi memoria, regresa su voz en lo más inesperado llamándome a la relectura.

Y yo le soy fiel.

 
[1] Celia Fontán. Prólogo a El collar de arena. Obra reunida, Rosario :e(m)r;/ ediciones UNL, 2013.
[3] Beatriz Vallejos. Del cielo humano, Centro de publicaciones Universidad Nacional del Litoral. Edición a cargo de Rosa Gronda y José Luis Volpogni, Santa Fe, 2000.

Poemas

Todavía la luz

Si nueva no la tarde
testigo de mi estar
                                 abreva
el pequeño poema
a su borde

__________________

Relatividad

De la distancia
entre la semilla
y el sol
comprendo
que todo es posible.

______________________

Antes del poema

en cada rama

antes
     antes

Sólo allí quiso ser

______________________


Hablar con otros es andar el mar

_______________________

El diáfano

Hay un sitio en la Tierra.
Hay un sitio en la Tierra, sí.
Digo que hay un sitio en la Tierra;
no, el dolor lo retrae, lo lleva
más allá de nosotros,
más allá de nuestra pobre
posibilidad de explicación. No
hay un sitio en la Tierra,
pero entonces el diáfano canta
para nuestro oído perceptible
de toda transfiguración de la memoria también.

¿Has oído cantar el diáfano
que absorta niñez
lo bebía de cielo?
¿De dónde regresaba?
¿En qué lugar de la Tierra, entonces?

______________________

Ángel de Paul Klee

Muchas veces fui el
ángel de Paul Klee
en la escalera profunda. Huérfano.
Donde otra luz no llega
que veladuras de quinqué
quemadas vidrieras de mariposas
atrapadas o la vibración
de una abeja que perdió el rumbo
tal vez.
Muchas veces fui el
ángel de Paul Klee y sobresaltaba
mi pecho un dolor de espinas
abiertas en penumbra. Escuchaba
la voz de otro ángel
el ángel púrpura (el ángel
de los andrajos que reparte
ungüento a los desamparados).

Entonces mi dolor asomaba
girasol y se volvía a atenuar
y suspendía mis horas.

Y no sabía que sabía
que toda piedad es triste.
Y no sabía si arrojarme
a los callejones sin fin
o quedarme aquí en
el escalón azorado donde
Paul Klee me había pintado.

_____________________

Por encima del silencio
                                          orillas del Salado, Santa Fe

Camalotes patéticos
por encima de latas
por encima de vidrios
por encima del silencio.

Quién sabe la piedad
la impiedad.
Quién sabe la vergüenza la exquisitez.
El paisaje sobre ruedas, quién sabe.
Casualmente de otros esotéricos
símbolos quién sabe, arrojados:
podridas gomas, podridas hojas.
Esa zapatilla en el barro
perdió su pie, quién sabe.

Chingados rectángulos
de toda existencia.
Interrogantes
que resisten los libros.

______________________

Chuang Tze

Tan cerca,
tan apenas tan cerca
o lejanísimo, tan solo
un hombre así
posado
en una mariposa.


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Créditos del video:

Realización: Betania Cappoto
Música original: Evelina Sanzo

Material de archivo en video: "Detrás del cerco de flores", de Rosa Gronda
Audio: poema "Sueño", de la antología oral Detrás del cerco de flores, Ediciones UNL

Agradecimientos generales de las publicaciones:
Iván Fund, Pedro Bootz, Ivana Tosti, Diego Pratto, Florencia Russo

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