Alfonsina Storni: día del periodista

Alfonsina Storni: día del periodista 7 de junio, Día del Periodista

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Celebración de la pluma de Alfonsina Storni

Con motivo del Día del Periodista, y a cinco años del primer Ni una Menos, en el Centro Cultural Kirchner destacamos la figura de Alfonsina Storni como trabajadora y comunicadora social a través de este retrato escrito por la periodista Liliana Viola. Sus numerosos artículos firmados en diarios y revistas, recuperados en los últimas décadas por académicas y críticas, constituyen una página clave en la historia del pensamiento argentino contemporáneo.
 
Ilustran el texto fotografías del Archivo General de la Nación.

Alfonsina Storni (fotografía: Archivo General de la Nación)
Alfonsina Storni (fotografía: Archivo General de la Nación)
Alfonsina Storni (fotografía: Archivo General de la Nación)
Alfonsina Storni (fotografía: Archivo General de la Nación)

“La Storni: una periodista para el desierto argentino”, por Liliana Viola

Los feminismos de hoy tienen su historia: celebración de la pluma combativa y solitaria de Alfonsina Storni

Esta vez, por una vez, no hablaremos de esa Alfonsina, la lejana compañera que sentimos familiar porque la conocimos en la infancia y porque todavía podríamos repetirla de memoria, como una obligación o como un rezo. No hablaremos de la Alfonsina rodeada de caracolas y acunada amorosamente por Félix Luna y Ariel Ramírez. Vaya un minuto de silencio para su nombre propio. Que la palabra Alfonsina deje de ser un sinónimo del instante en que una mujer se tira al mar. Que esta escritora y revolucionaria de la intimidad, junto con todas las que vinieron después, tenga junto con su canción y sus monumentos, la oportunidad de ser leída como lo fueron los autores de su generación: sin interpretar cada poema como una confesión, ni cada hito de su vida que no encaja en el canon, o por madre soltera o por tener más amantes que marido, como la parodia de su literatura.

Hablemos entonces de La Storni: poeta y periodista cultural, iniciadora de una prensa feminista en el desierto patriarcal de la nación. Ensayemos, como experimento y homenaje, una distancia ceremonial para nombrarla. Con nombre y apellido. ¿O acaso a alguien se le ocurriría referirse a Jorge Luis y a Leopoldo con esa confianza de entre casa con la que se habla de Victoria, de Alejandra o de Alfonsina? Sospechemos, siguiendo las pistas que ella misma dejó, de la familiaridad con la que solemos nombrar a las mujeres y a las trans, probable resabio de un pasado signado por el apodo y el espacio doméstico.

No hace tantos años, gracias al trabajo de una generación de lectoras críticas, biógrafas y académicas, comenzó a resurgir una Alfonsina Storni autora de artículos, obras de teatro, relatos y conferencias. Por fuera de una mitología de escollera, la Storni se muestra capaz de conversar con el presente. Trabajadora de la industria cultural que vive de lo que sabe y de lo que puede: publica sus libros, da clases y periódicamente se gana la vida completando un número de líneas para diarios y revistas literarias. Escribe por encargo y por urgencia personal sobre política, religión, urbanismo, teatro, artes, cuestiones de salud pública, lo que sea. Interviene en la coyuntura con títulos como “El derecho de engañar y el derecho de matar”; “Compra de maridos”; “En contra de la caridad”; “¿Deben casarse los enfermos?” y ¿Por qué se casan menos las maestras?”. 

La autora del versionadísimo poema “Tú me quieres blanca” es la misma que postula en su columna de opinión que el ideal de belleza femenina es la nueva dote que las mujeres modernas aportan a la institución matrimonial. La Storni construye una pedagogía de la liberación en forma de viñetas, a veces sermones, a veces estudios sociológicos expres, siempre audaz en su capacidad de asociar y siempre estricta en la argumentación. Polemista sin llegar al agravio pero mortífera en su sentido del humor que apunta contra sí misma y contra las tonteras femeninas, la Storni inventa un subgénero que rebalsa el tono de sus amigos modernistas dedicados por entonces como ella a la nueva masividad. Impiadosa con sus hermanas aunque no por eso menos sorora, hace del conventilleo un lenguaje profesional mientras apunta sinceramente a un diálogo entre muchachas.

Escriba sobre lo que escriba, siempre estará hablando de lo mismo. Y, a mucha honra: “Posiblemente nada ofenderá tanto a la mujer futura como que se diga despectivamente: esas cosas de mujeres”. Fundadora de una escritura femenina entendida como escritura especializada, aún mirándose las uñas sabe alzar la vista para otear el panorama y deja en claro que hablar de la cuestión femenina es intervenir en cuestiones de estado, en la economía, la educación y en la agricultura también.

La Storni, que parece haber internalizado que “lo personal es político” medio siglo antes de que la segunda ola feminista pronunciara la frase, alienta a sus lectoras a salir de sus tramperas: “Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior, este día la moral sufrirá un vuelco, las costumbres serán cambiadas.”

Aunque tampoco Simone de Beauvoir pudo avisarle que la mujer no nace ya que Alfonsina había muerto hacía diez años cuando se editó El Segundo Sexo, hay suficientes indicios de que tenía muy claro que cuando ella llegaba al mundo, el mundo ya había creado a la mujer. La mujer argentina, ya estaba lista a comienzos del siglo XX: joven, coqueta y casadera, esposa atenta y madre prolífica que no votaba ni se divorciaba y que si escribía, archivaba sus pensamientos en las páginas de su diario íntimo. La Storni desconfía de las generalizaciones y se dedica a construir tipologías caseras para demostrar que el modelo está vigente, pero está roto. Anarquistas, obreras, sufragistas, médicas, quinceañeras, la costurerita a domicilio, la joven bonaerense, las danzarinas porteñas, demuestran en sus caracterizaciones, la complejidad de lo que aún hoy se pretende entender bajo la categoría de “mujer”.

En la era de la Storni, ella misma fue una excepción que confirmaba la ausencia de muchas otras. Pero también es excepcional que lo notara y que no dejara de hacerlo notar. Ser la única poetisa en la foto de los poetas, trajo privilegios, descubrimientos y bajones: “Infinito número de veces me ha estorbado, en el ambiente en el que me desenvuelvo, mi condición de mujer, porque no he logrado olvidarme en mi trato frecuente, de que estoy en presencia de hombres.“ 

En la era de la Storni, la mujer era el territorio del pudor, y el pudor un pacto de silencio. Contra esa figura fueron sus sus flechas: “El pudor del que antes se enorgullecían las mujeres, era muy inferior, muy mezquino, muy a ras de tierra porque estaba provisto de auto criterio y no obedecía a la libre elección. Era el pudor del esclavo, que no roba porque sabe que si roba le aguarda la rueda que mata”. En la era de la Storni, la figura del desahogo sexual ya figuraba en textos de la elite masculina como justificación de lo que hoy se llama trata de personas, abuso sexual, violencia de género. La Storni como si estuviera dictando ahora a las feminidades, escribe en 1920: “Se ha dicho por ahí que los hombres en sus relaciones de amistad, y en su posición de lucha frente al sexo femenino, tienen establecida una especie de masonería y se protegen encubren y defienden entre ellos. No deja de ser curioso que siendo los hombres los menos dañados moralmente, por sus infracciones a la moral corriente, hayan establecido esa solidaridad tácita…”

No hay dos Alfonsinas ni una sola Storni sino un gran proyecto que es literario y es político: cambiar el mundo, volverlo más sincero, menos prejuicioso y más vivible. Por eso, en algún momento del camino, regresamos a la vieja compañera para leer de nuevo los poemas que aprendimos de memoria. En una época donde repensar la relación entre los cuerpos, entre las especies y entre todos y todas se vuelve una cuestión de vida o muerte, Alfonsina Storni tiene, una vez más, algo bueno, algo extraño, algo irónico y algo optimista para decirnos: ¿Sabes, viajero? Tarde voy haciendo proyectos/.De tentar nuevos rumbos desandando trayectos. / Tengo sed tan salvaje que me quema la boca / Y ansío beber agua que brote de la roca. / Persigo las corrientes para bañar la piel. / Alimentarme quiero de rosas y de miel. / Dormir sobre los musgos, ignorar la palabra, / y tener dos amigos: un cisne y una cabra. / Si a mi fresco retiro te allegaras un día / tu viejo escepticismo quizá me encontraría / sentada bajo el árbol de la Sabiduría.
Liliana Viola



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