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Episodio 3: “Recorte de un día/ 3”, por Lorena Vega

Debates, Diarios

Revolver las agendas viejas es el hábito obligado de cuarentena. Y extrañar a la madre. Recuperar las escenas donde la maternidad en todas sus expresiones y sus interrupciones se vuelve un refugio contra el pánico.

 

Agenda 2020. 23 de junio

Mi psicoanalista dice que no diagnostica y que tampoco diría ataque de pánico sino que es un estado de angustia. En la consulta de hoy le conté que subí al cuartito de arriba a las 3 de la madrugada. Que me había despertado con la respiración agitada, sintiendo calor en el oído, una molestia en la garganta y que una seguidilla de asociaciones mentales me llevó a pensar que me iba a morir.

La muerte no había sido un tema hasta que fui madre. Sin embargo la taquicardia y la falta de aire por las noches se desataron con la pandemia y se fueron agudizando.

Para tranquilizar el insomnio apareció con mucha fuerza la necesidad de querer ver a mi madre. Nunca fuimos de abrazarnos o tocarnos entre nosotras pero de pronto lo único que me daba alivio era una imagen: mi cabeza apoyada de costado con la oreja sobre sus piernas mirando hacia sus rodillas y ella acariciándome el pelo.

Van cuatro meses que no la veo. Pienso que la última vez que estuvimos en persona fue en marzo durante el primer día de clases de mi hijo. Ella vino a la escuela y cuando terminó el acto la acompañé hasta el taxi. Cuando logró sentarse en el auto con bastante dificultad por su problema de cadera se le cayó una bolsa con carilinas, aspirinas y unas ojotas que siempre lleva de repuesto. Yo juntaba todo al mismo tiempo que ella decía “no encuentro el celular, no encuentro el celular, no me digas que me robaron, ay acá está”. Le di trescientos pesos para que pague el viaje y le dije mientras arrancaba el auto “mandame mensajito cuando llegues”.

Con el aire acondicionado del cuartito prendido y una frazada como manta agarro de la pila de libretas del pasado la agenda Citanova. Una agenda que es de cuerina, violeta por fuera y negra por dentro. De esas de oficinista. Tiene muchos compartimentos para poner señaladores, tarjeta personal y hasta calculadora. En la primera hoja donde se puede rellenar con los datos propios veo que completé todo incluso mi grupo sanguíneo y que mi caligrafía de entonces no difiere mucho de la actual. Entre lo que escribí está la dirección de mi casa de entonces y donde aún hoy vive mi madre.

Avanzo pasando las hojas. Doy un pantallazo por toda la agenda. Veo que a diferencia de las libretas de la secundaria donde escribía con biromes de colores aquí escribí con birome azul. Que en general hay punteos de lo que hice día por día sin mucho detalle ni desarrollo. Son enumeraciones de lugares a los que fui y con quién estuve. Solo me extendí en agosto de ese año. Son cuatro hojas completamente escritas sin respetar la longitud de los renglones. Incluso escribí pasando por encima de los números impresos que indican el mes y el día.

Agenda Citanova. 1994. Agosto

Le toqué el timbre a Natalia y caminamos las siete cuadras hasta el Álvarez. Le dije que había perdido el papelito y que no me iban a dar el resultado. Ella dijo que si era por embarazo me lo iban a dar igual con el documento. No llevé el documento tampoco pero Nati tenía razón. Llegamos y había bastante gente. Esperamos tanto que ella se tuvo que volver a la casa porque le había dicho a la mamá que iba hasta la esquina y volvía. Me quedé sola. Veía a las mujeres que también esperaban. En general no parecían de dieciocho como yo, parecían más grandes y del interior. Había varias con bebés y unas cuantas con panza. Me atendieron cerca del mediodía. Fue una dificultad que no tuviera el DNI pero cuando expliqué que era un análisis de hacía casi dos meses la secretaria me miró de arriba a abajo y me dijo “a ver esperá”.  Cuando me dio el resultado releí muchas veces el “positivo”. Iba de mi nombre al “positivo” y del “positivo” a mi nombre como un disco rayado. Bajé la escalera examinando el papel haciendo fuerza por encontrar algún error. Repetía sin pausa y sin poder sacar la voz “No puede ser”. Estaba por ir a un teléfono público con la única moneda de veinticinco centavos que tenía para llamar a Pablo y decirle que yo tenía razón, pero sentí mojada la entrepierna. Me toqué y tenía sangre. Retrocedí y fui al Pabellón B a buscar a la doctora que me había dado la orden del análisis en la última consulta. Ella no estaba pero a esa altura se me había hinchado la cara de llorar, tartamudeaba y de pronto estaba diciéndole a un grupo de médicos que me sentaron en una silla de ruedas “esto es un error, no lo quiero tener”. Uno de ellos que por el acento parecía colombiano me acusaba diciendo “qué tomaste, decí la verdad” sin creerme que la pérdida era espontánea.  En un momento que no sé por qué me dejaron sola, me levanté de la silla y empecé a correr. Corrí hasta Nazca y Rivadavia con la velocidad de una ladrona.  Salí derecho por Condarco con las piernas tan decididas como Nadia Comaneci el día de su proeza. Crucé la puerta del hospital que me vio ingresar por las reiteradas otitis de la infancia sin sentir que estuviese libre todavía. A las dos cuadras pasé por la puerta de la casa de Malala donde nos juntábamos antes de ir al Condon Clù cuando todavía ninguna del grupo había quedado embarazada. Tres cuadras después pasé por la puerta del Urquiza, el secundario donde empecé con las clases de teatro y en cuya primera muestra mi personaje colaboraba en un parto arriba de un colectivo. Doblé en U por yerbal, la misma esquina donde un tipo me apuntó con un arma dos años antes y también zafé corriendo. Retomé por Nazca cruzando la avenida sin mirar los semáforos. Hice zigzag entre los camiones, estallaron los bocinazos y hubo puteadas. Usé la moneda para llamar a Luciana desde el teléfono del Quitapenas el bar de la esquina. Ella me pidió que me calme y que consiga otra moneda para que la llame de nuevo porque iba a hablar con su papá. “Vamos a tener que hacer lo que él diga” me dijo Lu. Le pedí que sea clara en que no digan nada y pedí en la calle la moneda para el segundo llamado. Intercepté a una señora y le dije “te pido una moneda me quedé sin nada y tengo que llamar a mi viejo que está mal”.  Me dio cincuenta centavos. El segundo llamado lo hice desde el teléfono de Alpina Skate. Cuando Lu me atendió estaba todo coordinado. Tendría que pasar a buscarla, juntas tomar el Sarmiento hasta Morón y ahí en el consultorio me atendería su papá.

Viajamos las dos sentadas mirando por la ventana. Lu con su pelo largo azabache y vestida de pollera negra y pullover. Yo con un pantalón de jean que me prestó y mi cabeza apoyada sobre su hombro derecho. Se iban llenando los vagones y se escuchaba cumbia. Nos alejábamos de la capital para enterarnos después que ya había expulsado todo antes de llegar al consultorio del conurbano.

Amanecía cuando me quedé dormida en el cuartito. Como casi no hay tránsito se escucha con detalle lo poco que se mueve en la ciudad. En un fundido encadenado se me cerraban los ojos con la agenda Citanova al lado mientras los pájaros sonaban como si estuviesen microfoneados. Los rayos de sol entraban por la ventana y daban directo en la manta sumando calor. No me desperté hasta que mi hijo y Gonzalo golpearon la puerta y me dijeron que baje. Que había llegado un paquete de mis amigos del restaurant. Una caja llena de cosas dulces por la cual tenía que hacer un video como canje para subir a las redes. Esto último no se lo conté a mi analista.

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