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“El espejo de la Revolución”, reflexiones en torno al 25 de mayo

Debates

El Centro Cultural Kirchner ofrece una reflexión en torno a un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo de 1810.

Acompaña la publicación una imagen del Archivo General de la Nación.


El espejo de la Revolución

Hace unos años, el historiador Jorge Myers planteaba una reflexión bien interesante sobre la Revolución de Mayo. Sostenía que aun aceptando que la República Argentina, tal cual la conocemos hoy, no estaba definida en 1810; aun teniendo en cuenta que su independencia recién sería proclamada seis años después en el Congreso de Tucumán; e incluso tomando por cierta la célebre frase de Bernardo de Monteagudo, según la cual la Revolución pareció ser más bien la “obra de las circunstancias más que de un plan premeditado de ideas”, nada de ello impedía de todos modos considerar a la Revolución de Mayo como uno de los acontecimientos más relevantes en la historia argentina. Su importancia guardaba relación con un hecho único: por primera vez en nuestra historia un grupo de personas asumió el desafío de autogobernarse, de pensarse como sujetos soberanos en condiciones de hacerse cargo de sus propios destinos.

La Argentina se creó entonces sobre la huella de decisiones de esta índole. Pero además, los revolucionarios construyeron otro hecho de notables consecuencias políticas y culturales: el de inscribir en la historia a la propia figura de la Revolución, entendida como un acontecimiento auto fundado que no requiere la autorización de una autoridad trascendente para reafirmar su propia legitimidad. En este sentido, la Revolución introduce la novedad absoluta en la historia, como así también anuncia una transformación no solo en la forma de gobierno, sino fundamentalmente en las bases mismas de lo que ha de pensarse como un buen gobierno. La Revolución aparece así como el episodio que auspicia un cambio total en la naturaleza humana, a cuya prosperidad se consagra y para lo cual exige patriotismo, esto es, el ejercicio de la virtud entendida como primacía de los intereses colectivos sobre (pero no en detrimento) de los individuales.

Por este motivo, en Tradición política española e ideología de Mayo el historiador Tulio Halperín Donghi sostiene que la ruptura que produjeron los revolucionarios en mayo de 1810 respecto a las tradiciones políticas previas consistió justamente en apropiarse del “mito moderno por excelencia, el de la redención de la humanidad por su propio esfuerzo, el de la conquista de un paraíso situado ahora en el curso de la propia historia humana, como meta final y alcanzable de un proceso que solo a través de su conquista alcanza su justificación”. Mayo de 1810 se convirtió así en una tradición política propia e inaugural, que dejó disponible, para sucesivas generaciones de argentinos y argentinas, la posibilidad de transformarlo todo tomando como espejo aquella Revolución que así se había declarado dispuesta a hacerlo en 1810.

La fe en la revolución alentó acciones de todo tipo: creación de ejércitos patriotas, escuelas, bibliotecas, símbolos patrios. Y auspició la movilización popular a tal punto que incluso en géneros como el gauchesco puede reconocerse su marca, aunque más no sea en forma de protesta a causa de una de sus promesas incumplidas: que la justicia no se aplica por igual a ricos y pobres. A lo largo de la historia, esa fe fue invocada desde las “fiestas mayas” del siglo XIX hasta los festejos del Bicentenario del 2010; en tiempos de “cierre litúrgico”, es decir, en aquellos momentos en que todavía no se alcanzaba a sospechar las transformaciones históricas por venir (como ocurre en estas imágenes cifradas entre los años 1938 y 1944, justo allí cuando un viejo orden no terminaba de morir y uno nuevo no alcanzaba a nacer); o en contextos que se pensaron como “refundacionales” y que, en cuanto tales, venían a prometer otras revoluciones (como en mayo de 1973) o una regeneración de la cultura política del país (como parecían hacerlo las multitudes que alrededor del Cabildo celebraban el discurso de Alfonsín en diciembre de 1983).

La Revolución de Mayo es entonces la fuerza inaugural que desató la decisión del autogobierno. Es también la inscripción del mito en la historia. Y es la fe que movilizó no solo a grupos dirigentes, sino también al “bajo pueblo”. A más de dos siglos la seguimos evocando, como la promesa que nos recuerda, incluso en tiempos difíciles, que existe la posibilidad de transformarlo todo.

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