“Últimas reservas de erotismo”, de Camila Sosa Villada

“Últimas reservas de erotismo”, de Camila Sosa Villada Diarios: un registro textual de los tiempos que corren

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Escenas eróticas para atravesar el aislamiento

Diarios: registro textual de los tiempos que corren. Cinco escritores: Martín KohanMariana Enriquez, Gabriela Cabezón CámaraCamila Sosa Villada y Pedro Saborido. Este proyecto del Centro Cultural Kirchner es una forma de resistencia: el pensamiento no se detiene. La pandemia coloca a la humanidad en una situación extraña, un estado de alta velocidad y de estancamiento a la vez que amenaza con superar la capacidad de acción y de reflexión. El aislamiento de los cuerpos no nos deja en soledad.

En su tercera entrega, Camila Sosa Villada acopia destellos sexuales, un puñado de escenas eróticas para atravesar el aislamiento como quien se lleva lo que puede a una isla desierta. Mirar de lejos a un vecino que se pasea desnudo o recordar cada uno de los detalles de la última vez para dejar al descubierto escenas clave de la vida sexual contemporánea.

Episodio 3: Últimas reservas de erotismo

Cometí el error de ver a un hombre desnudo en el edificio de enfrente. Estaba fumándome el octavo porro del día, mirando lo bonita que se veía la ciudad al anochecer, el silencio, apenas los perros ladrando. Y lo vi. Estaba bailando solo y desnudo en su living. De a ratos miraba su teléfono celular. Por la cadencia de esa caderita blanca, marcada por el sol, seguro que estaba bailando música electrónica. Hasta ahora, nunca lo había visto desnudo. Alguna vez en ropa interior y siempre veloz, sigiloso, por si alguien de los edificios cercanos estaba mirando. Y no va que me apoyo en los barrotes del balcón, completamente desnuda como cada vez que estoy en casa sola, y aparece el efebo como salido de una fuente de juventud y belleza. Lindo, macizo, cubierto de pelos, con un pito cortito y unas piernas de futbolista que casi me hacen llorar. Un sudor caliente como un baño de café recién sacado de la hornalla –y del mismo color– me cubrió por completo. El rubor de contemplar el cuerpo de un hombre como mi vecino, que ya se entregó a la desnudez y anda acariciando el animalito peludo que descansa en lo alto de sus piernas, cocinando desnudo, saliendo a regar las plantas al balcón desnudo, sabiéndose enteramente guapo a más no poder y ofreciendo a la vecindad el poder de su belleza, que oficia dentro de mí como el amor, del mismo modo.
 
Tengo la boca llena de espuma.
 
Lo comprendo. En el jardín epicúreo que es mi departamento, no existe otra forma de andar. Hice un cartel en una cartulina: “CUIDADO CON COCINAR SIN DELANTAL QUE TE VAS A QUEMAR”. Luego hice otro: “¿TENÉS PAPEL HIGIÉNICO QUE ME PRESTÉS?”. Pero este último no se lo mostré y el primero ni lo vio. Ni mira a mi departamento, yo que ando desnuda desde hace veinte años. Cada vez que asisto al espectáculo de su desnudez tengo dos deseos: de coger y de morirme. Porque es muy parecido a una experiencia peligrosa y mortal esto de no poder saltar desde mi balcón al suyo y devorarlo con las manos. Romperlo en pedacitos con la fuerza de mis caninos y mis muelas. Escuchar el crunch crunch crunch de lo crocante de sus huesos y lo difíciles de morder que son los cartílagos. Morder esa fruta y que chorree su esperma casi como una agresión. Lamento no poder comerlo, antropófaga en reclusión por el bien común.
 
Mañana los titulares de los diarios: “Travesti caliente como una cumbia salta desde un balcón a otro para devorarse a su vecino”. “Cuarentena hace sus primeros estragos en la actriz y escritora Camila Sosa Villada. Paulatinamente se convirtió en Graciela Borges en La ciénaga, siempre con el vinito en la mano, pero con muchas ganas de coger”. “Muere joven atleta en las fauces de una travesti desbocada”.
 
La razón es que me quedé sin hormonas y no es el momento más atractivo del mundo para ir a la farmacia. Mi lujo de burguesa, de travesti pelechada, comprarme yo la vacuna antigripal (por mi historial de bronquios cerrados) y las hormonas con que me suavizo y calmo a mis fieras.
 
Al polvo volvemos
 
Debería bastar el último polvo con el que me despedí de la vida pública. Estuvo bien, qué digo bien, fue como un desastre natural, como un tsunami, como un temblor de tierra. Acertó Tinder al ofrecer este vikingo cuarentón de ojos celestes, el chico rebelde de una familia bien, un motoquero que alguna vez fue rico y el amor le fue sencillo y cálido y tuvo hijos y la suerte estuvo de su lado. Una ricura de esas que traen sus fracasos envueltos en una manta y los ofrecen como un pan ante el altar, tan tierna puede ser a veces la ingenuidad de los hombres. Rico guacho que por supuesto se lleva mal con su ex y con sus padres.
 
—Cuánto hace que no tenía un momento para mí —dijo. Y extendió el animal que pierde inevitablemente el prestigio en la manada y recibió un poco de la belleza con que aprendí a vivir. La extrema precaución puesta en el placer, en lo que da placer, lo vivo y lo muerto que hacen perseguir el futuro. Todos mis lujos de soltera que por primera vez en su vida no tiene urgencias con el dinero, que no le debe un peso a nadie, que puede llenar la heladera con los manjares que su culito supo conseguir, porque este culito ha pagado la renta y ha pagado también la renta del cielo y es el templo al que voy a agradecer tamaña suerte. Tamaña suerte la mía opuesta al hechizo que un duende muy malo puso en mi cuna.
 
Me cuenta que en el divorcio perdió todo. La casa en Zona Norte, la camioneta de no sé qué. Que solo se quedó con la moto y que hace mucho que volvió a vivir con los padres y que todavía no puede hacer una diferencia de guita para irse a vivir solo. Que la situación lo está matando. También me dice lo guapa que le parezco, que no esperaba que le gustase tanto.
 
—¿Hasta qué hora podemos estar así?
 
—¿Así cómo?
 
—En bolas, cogiendo, tomando cerveza.
 
–Tengo todo el día para vos.
 
Y se me viene encima por primera vez como para poner el asunto in the sentimental mood. Es blanco y, por las partes donde da el sol, parece un surfer que lleva años en una playa. Tiene pecas en el rostro y en el pecho y un pubis rojizo y ensortijado. Vaya maraña de alambres de cobre. Me mira de una punta a la otra, con la piel toda puesta al revés como desollada frente a él que vive tal vez su tercera belleza. Una última belleza, si se quiere, antes de que esos premolares, ay, mi amor, se caigan para siempre por la alcantarilla.
 
Comentamos, entre besos y lengüetazos de ciervos, las sospechas que tenemos:
 
—Van a hacer cuarentena obligatoria, no vamos a poder coger por un montón de tiempo.
 
—Entonces estamos de suerte.
 
Qué bueno es haber coincidido esa tarde en que me pidió mi número de teléfono, me escribió y me invitó a merendar. Le dije que viniera a casa y pasara antes por una panadería en particular, que hace facturas con dulce de higo y ricota. Y que si podía comprara algo para tomar. Que se esmerara y no viniera con cerveza. Huyó de su trabajo, un taller de autos y motos que montó en la preciosa y costosa casa familiar, y vino a casa con todo lo que le había pedido. En una de las pausas en toda la tarantela pornográfica, resopló y negó con la cabeza:
 
—Tengo que ir al supermercado, hoy o mañana, a comprar víveres. La gente se va a volver loca y van a vaciar las góndolas.
 
Qué lindo pelirrojo proveedor. Cogí con él y todo el tiempo en mi cabeza sonó la Cabalgata de las Valkirias.

¿Cómo iba a imaginarme yo que era la última vez? ¿Cómo podría siquiera llegar a sospechar que esa tarde sería el último detalle de una pornografía elegante? Raída en el punto exacto para confirmar que en nuestros cuerpos hubo una vida. No somos más la especie joven y hermosa que supimos ser, ni él ni yo, y de alguna manera invisible nuestro cuerpo da una señal, como un barco intentando aproximarse a la orilla, como un faro orientándolo. Le digo a él, emitiendo una luz muy clara como una radiación nueva, que estoy rota en determinados lugares, que no se acerque aquí o allá y él me lee inmediatamente con elegancia también, el motoquero vecino de Erin Brockovich, el machote paki que es como un sueño sacado de una revista rosa para jovencitas de los ochenta.
 
Por la tarde, la cuarentena obligatoria era un hecho y el señor estaba en vísperas de su cumpleaños. Para mí, una especie de navidad, hay que decirlo. Qué milagro religioso que hubiera nacido, el vikingo iluminado por la estrella berreta de Belén, la estrella de cotillón que se ponía en el arbolito de plástico triste. La forma desesperada de poner color, brillos y lucecitas a la pobreza. Las vísperas de la natividad de mi salvador, que me dejó la provisión del erotismo, el sustento de la fantasía durante las noches de masturbación que siguieron al día anterior a su cumpleaños número 47.
 
¿Y saben qué pensé? Te lo merecés, Camilita. Te merecés el sustento, los sabores de este plato que es para un tipo de paladar, un paladar como el tuyo, que se merece este bocado, esta joyita en la isla de los solteros, la piedra preciosa de este cuerpito que mirá cómo te abraza, cómo te toma por detrás y encuentra el modo de que no quede espacio entre tu espalda y su pecho, eso es un arte muy fino que no cualquiera puede dominar, pienso yo, Camilita, que te lo merecés todo, toda la fiesta de esas manotas y esos brazotes, ese sabor picante que deja el tabaco. Y es juguetón, no es un tipo aburrido, tiene experiencia con travestis, es un hábil amante y por eso él también te merece en todo tu esplendor, con el color avejentado de tu piel, que alguna vez fue como una cuerda tensa de caramelo.
 
Al despedirnos me dio un beso largo en la puerta del edificio. Todos los comerciantes vecinos estuvieron muy atentos a cómo el motoquero me besaba la boca o esculcaba con su lengua la salud de mis amígdalas. Un poco de acting hubo, no lo negaré. Quería que supieran que me había deseado él.
 
Al otro día ya no podíamos vernos más, durante no se sabía cuánto tiempo, pero de todos modos le mandé el siguiente mensaje:
 
“Feliz cumpleaños. Estás hecho un pibe. Que te hagan muchos regalos que es una de las cosas lindas de envejecer. Los amigos tienen más poder adquisitivo”.
 
Respondió:
 
“El mejor regalo me lo hicieron ayer por la tarde”. Y mandó el siguiente mensaje de audio:
 
“Hacía mucho que no estaba con alguien en una cama. Fue muy… no sé. Cinco o seis meses, no, más, ocho meses sin estar con una mujer en la cama, con… las ventanas abiertas de par en par. Encima llovía. Tengo 47 años y acabé tres veces en una tarde. No sé. Acá voy a hacer un asadito y a descontar los días para volver a verte y morder ese culito santo. El mejor regalo de cumpleaños”.
 
Por eso digo que debería bastar haber tenido la experiencia justa. Haberse despedido del sexo capaz de conseguirse en un abrir y cerrar de ojos. Para una travesti de mi edad y el bajo umbral de mi decencia, no hay nada más fácil de conseguir que sexo con un tipo, el que sea, el menos ruin de esta comarca de ruines. Con eso es suficiente. Ojo de loca no se equivoca.
 
Resulta que soy sexy
 
En épocas de cuarentena, cuando el deseo por el otro se siente amenazado, hipocondrizado, temeroso, muchos contactos por las redes parecen enterarse de que soy sexy. Yo sabía que ellos lo sabían, pero nunca pensé que la única forma de hablar de lo mucho que les gusta una travesti fuera durante una pandemia en la que no podemos cruzarnos. Si una lo piensa después de una Amnesia Haze en papel de celulosa y filtro con dibujitos, pues hasta puede sentir compasión por cómo configuran sus pulsiones los hombres. Ahora que ando baja de progesterona, los entiendo y siento pena por ellos. Esto es lo que pueden, tener algunos chats eróticos, enviar alguna nude que, la mayoría de las veces, escasea en creatividad y belleza. Pueden sostener un chat erótico en tanto y en cuanto sea una la que lo alimenta. Ellos dicen dos o tres cosas siempre, no más que eso y lo demás son preguntas para que nosotras coloreemos el mapa. Tampoco estoy muy segura de que lean o escuchen lo que decimos alrededor de cómo nos calentamos, o qué deseamos que nos hagan, qué cosas nos gusta hacer y hasta dónde puede llegar el lenguaje.
 
“Hagamos el amor y no la guarra”, decía Andrea Caracortada en Kika, de Pedro Almodóvar.
 
Ahí estoy tratando yo de que hagamos cosas inoportunas e inconvenientes. Que usemos el aislamiento para permitirnos la desnudez, como el guapo de mi vecino que, si me asomo al balcón, lo más probable es que esté desnudo, despatarrado en el sillón, acariciando sus testículos. Ingenuamente, pretendo que las personas que me tocan se contagien de este virus, el del despropósito. Para qué andar conservando una rutina, vistiéndose igual que siempre, cumpliendo con las mismas reglas y protegiendo el mismo orden del día tras día. Para qué insistir en llenar el tiempo, hablar como siempre hemos hablado. Abalanzarnos sobre los libros que recomiendan una y otra vez los famosos argentinos, consumir frenéticos las series como consumimos el papel higiénico. Para qué cuidar el culo de nuestras palabras al igual que hace una semana cuando el mundo todavía no se había detenido. Imagino entonces que, que el chico tal me escriba para decirme lo sexy que le parezco y lo mucho que lamenta no poder invitarme a tomar algo, significa que han hecho un movimiento, cómodo, seguro, con rodilleras y una caja de aspirinas en la mochila, pero movimiento al fin. Un movimiento desesperado por dejar al comienzo del paréntesis, un silencio que les estaba picando en algún lado.
 
Pero, al contrario del vikingo, que dejó toda la experiencia de su carne, su sabor, su olor, su temperamento, que ellos confiesen lo obvio porque estamos en cuarentena nomás no me deja esa sensación de tranquilidad. Pienso, taimadamente, que lo hacen porque, en caso de exigir contacto, ellos tienen una orden que cumplir.
 
Y he aquí que estamos en el dilema de dónde se resuelve una controversia como esta. En la carne, en la palabra, en ambas…
 
Por lo pronto, y a menos de una semana de cuarentena obligatoria, hablé con casi todos mis amantes, los pasados, los presentes y los futuros, les confesé las porquerías más inconfesables que podía atesorar en la casa de las fantasías, les mandé autorretratos desnuda que espero tengan a bien conservar bajo siete llaves. También me sinceré con otras personas y dije cosas que me habían molestado.

¿Recuerdan el muchachito por quien estaba en duelo al comenzar este rosario de nada? Escribió, para lavarse las manos, pero también para invitarse a mi casa a pasar la cuarentena. Por supuesto, en este caso entiendo que no es cosa de resolverse en cuerpo sino en palabras. Le dije que una pandemia como esta le calzaba al pelo, porque era un tipo acostumbrado a lavarse las manos.

La palabra más leída en tiempos de cuarentena: aburrido, aburrimiento. Una frase muy frecuente: estoy muy caliente, no sé por qué.

Acerca de Camila Sosa Villada

Camila Sosa Villada es actriz, guionista, directora y dramaturga. Nació en Córdoba, y estudió Comunicación y Teatro en la Universidad Nacional de esa ciudad. Comenzó su carrera como actriz en 2009, año en que fue reconocida internacionalmente por el biodrama Carnes Tolendas, retrato escénico de un travesti, en el cual sintetizó la actuación, la poesía de Federico García Lorca y su condición de travesti. Más tarde protagonizó El errante, los sueños del centauro, de Jorge Villegas (2010); El bello indiferente, de Jean Cocteau, dirigida por Javier Van de Couter (2014); Los ríos del olvido y Despierta Corazón Dormido / Frida (2015) y El cabaret de la Difunta Correa (2017). Sus performances le valieron numerosos reconocimientos como actriz en todo el país. También protagonizó Llórame un río, obra de género biográfico enfocada en Tita Merello y Billie Holiday; el documental Camila, de la directora Norma Fernández; la película Mía, de Javier Van de Couter; y la miniserie La viuda de Rafael. Colaboró como guionista en las miniseries La Celebración y Fruta Extraña. Como escritora publicó el poemario La novia de Sandro (2015), la autobiografía El viaje inútil (2018) y las novelas Las malas y Tesis sobre la domesticación (2019).

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