“Lo que tengo para decir”, de Gabriela Cabezón Cámara

“Lo que tengo para decir”, de Gabriela Cabezón Cámara Diarios: un registro textual de los tiempos que corren

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Una indagación a través de anécdotas, conclusiones provisorias y leyendas

Diarios: registro textual de los tiempos que corren. Cinco escritores: Martín KohanMariana Enriquez, Gabriela Cabezón CámaraCamila Sosa Villada y Pedro Saborido. Este proyecto del Centro Cultural Kirchner es una forma de resistencia: el pensamiento no se detiene. La pandemia coloca a la humanidad en una situación extraña, un estado de alta velocidad y de estancamiento a la vez que amenaza con superar la capacidad de acción y de reflexión. El aislamiento de los cuerpos no nos deja en soledad.

Tal vez lo más difícil sea encontrar algo para decir y esta sea una de las pocas verdades de estos tiempos. En su cuarto y último episodio, Gabriela Cabezón Cámara da cuenta de esa búsqueda descartando anécdotas, conclusiones y leyendas gastadas. El mundo nuevo que no sabemos cómo será descansa despierto entre estos restos de esperanza y nimiedad.

Episodio 4: Lo que tengo para decir

Que tengo los trapecios hechos dos piedras dolientes y me fui al pueblo a comprar Diclofenac. Que en el verano partí el colchón por la mitad por una idea buenísima que se me había ocurrido y ahora la partida soy yo. Que a quién carajo podría importarle. Que ni a mí demasiado. Que no tengo nada en especial para decir salvo que ayer llovió y llovió y supe de la muerte de alguien que no fue mi amiga pero sí una persona querida que me alegraba ver cada vez que la veía sin haberlo planeado casi nunca. Una muerte absurda, como todas las muertes demasiado prematuras. Y evitables. Qué podría decir. Nada puedo decir. Que me dieron ganas de fumar, no estoy fumando, y fui y me compré un atado que la chica del kiosco me vendió quién sabe por qué: al chico que estaba antes que yo le dijo que no tenía pero a mí “Para usted sí” y me lo dio y me contó que al perrito sarnoso y hasta hace unos días costilludo que vive en la puerta las chicas de la farmacia le habían dado un fármaco para curarle la piel. Y que no hay cigarrillos. Llovió y llovió y estuvo gris y los perros en la frecuencia morosa que les da la lluvia y los pájaros, los zorzales, las calandrias, los bichos feos, las torcazas y unas especies de mini gorriones que no sé cómo se llaman anduvieron a los saltitos en los charcos, los únicos chochos con la lluvia. A los pájaros les encanta el agua. Que no tengo nada en especial para decir. Que a mi mamá, que está a unos cien kilómetros de acá, le digo que no salga y me dice que si no sale qué va a hacer, que se aburre, que no sabe estar tanto sola, que solo tiene la radio y la televisión, que el Jumbo está casi vacío, que me quede tranquila, que el chino le cobra cualquier cosa, que va con la vecina, que se cuida. Que tengo que ir a Buenos Aires a darme la vacuna contra la gripe y contra la neumonía porque el año pasado tuve neumonía y mi médica me manda a darme la vacuna y no sé qué mierda de permiso existe para eso, para poder ir y asegurarme de que ningún miembro de ninguna fuerza de seguridad se sienta habilitado para maltratarme como en efecto veo que está sucediendo en muchos casos. Que me empezó a dar un poco de miedo: ¿por qué no habría de enfermarse alguien querido, por qué no yo misma? Que mi sobrina empezó feliz sus clases online en la UBA y que yo, que estoy del otro lado del mostrador, me estoy volviendo loca para adaptar un programa de escritura colectiva a un sistema que casi no contempla ninguna clase de encuentro sincrónico porque quién podría garantizar que los estudiantes dispongan de un espacio tranquilo y de un dispositivo para su uso exclusivo a la hora de las clases. Que el único día que no tuve videoconferencias de laburo fue el domingo de Pascuas. Que igual está hermoso acá, que los fresnos están amarillos y los repollos cada vez más grandes y arrepollados y que a ellos también les sienta bien el agua, como a los pájaros: los repollos retienen las gotas que les brillan redondas, perfectas, en esas hojas hermosas y cada vez más enormes que tienen. Que los zapallos insisten en crecer en el compost aunque no sea época de plantar zapallos y aunque no los haya plantado, solo comportado semillas entre tanta otra cosa orgánica pero que igual crecen los zapallos. Que el limonero tiene como seis protolimones muy verdes por primera vez. Que a la vecina le apareció un caniche muerto de miedo. Que los pibes del pueblo, que son trabajadores de las huertas o albañiles o changarines, caminan juntos por las calles a las seis de la tarde cuando vuelven a sus casas y es raro y lindo ver gente que se ríe y se da manotazos. Que leo los diarios y, mientras quedo bajo su influjo más o menos maléfico, los medios dan miedos, siento que a la salida de acá nos vamos a encontrar con un mundo más arrasado que el que teníamos a la entrada. Que un millón de garcas presiona para romper la cuarentena y que dicen que muramos los que no resistamos la enfermedad y que ni en pedo van a pagar más impuestos. Que después pienso que no, que tal vez no encontremos todo arrasado, qué tal vez no ganen o que en todo caso la vamos a pelear como la peleamos tantas veces. Que no tengo nada en especial que decir. Que prefiero pensar en una historia que leí estos días: era mayo de 1912 y la conquista seguía, porque la conquista, acá, nunca se acaba. Que ese día, ese día del que estoy hablando, Curt Unkel Nimuendayú –nacido en Jena, huérfano temprano, obrero en una fábrica óptica sin posibilidad de acceder a la educación universitaria, etnólogo apasionado y autodidacta cuyos primeros viajes a Sudamérica financió una hermanastra amorosa con su salario magro de docente–, un día de mayo de 1912 entonces, Nimuendayú estaba a las orillas del río Tietê –Añemby lo llamaban los guaraníes– y se encontró con lo que estaba buscando: un grupo de guaraníes que venían marchando desde Paraguay. Desde la selva paraguaya: tenían sus adornos labiales, arcos y flechas. Estaban enfermos, raleados, muertos de hambre, chapuceaban algo de castellano pero “ni sospechaban el portugués” dice el paper donde leo la historia –de Diego Villar e Isabel Combès. Marchaban con determinación inquebrantable: iban hacia el este. No lo habían visto nunca, pero sabían del mar y querían atravesarlo. Iban hacia Yvy Marâey, La Tierra sin Mal, ese lugar de este mundo donde las hortalizas, los tubérculos y las frutas crecen sin trabajo, la fiesta es eterna y no existe la muerte. Los apapocúva, con algunos miembros de este pueblo tupí-guaraní se había encontrado Nimuendayú, estaban convencidos de que al Este, al Este, cruzando el mar, en el centro del mundo, iban a encontrar esa tierra. Nimuendayú, que venía de Alemania, bastante al Este, sabía que no, que ahí no estaba, que cruzando el mar no iban a encontrar ninguna Tierra sin Mal. Pero los apapocúva no le creyeron. Y siguieron su camino. Nimuendayú, por supuesto, los acompañó los setenta kilómetros que los separaban del mar. Llegaron después de tres días de marchas, acamparon en la orilla del mar y se desató una lluvia torrencial. Vieron el mar por primera vez con ojos de querer cruzarlo. ¿Se imaginan ver el mar por primera vez con ojos de querer cruzarlo? No solo es inmenso: está encrespado por una tormenta. Los apapocúva se quedaron sin palabras: los habrá impactado la belleza pero más los habrá impactado el tamaño inconmensurable del obstáculo. Los habrá abatido esa inmensidad que es el mar, “ensimismados”, dice el paper que estaban, tal vez citando a Nimuendayú. Yo me imagino que lloraron. Villar y Combès dicen que dice el etnólogo que los apapocúva tuvieron varias discusiones, realizaron varias ceremonias rituales y al final Nimuendayú los convenció de instalarse en una reserva indígena entonces “flamante”, la de Araribá. Nimuendayú sigue su camino. Y los apapocúva también: poco tiempo después volvieron a emprender su marcha al Este, a la Yvy Marâey. Decía antes que no tengo nada en especial para decir. Salvo esto que no es algo que digo yo, es algo que dicen otros. Un pueblo, varios pueblos, una miríada de pueblos, los tupí-guaraní: hay un paraíso. Para algunos llega después de la muerte, una que se alcanza luego de realizar ayunos y cantar y bailar hasta que el cuerpo sea tan liviano como una pluma y pueda fácilmente subir al cielo: un ascenso festivo en cualquier caso. Para otros, la Tierra sin Mal queda en este mundo y no hace falta ni sufrir ni sacrificarse ni abstenerse de toda alegría para alcanzarlo.
 
No tengo nada para decir hoy. Salvo esto: el mundo está viejo, medio muerto está, tirando para abajo, como cantaba Charly García. Y hay que pensar de nuevo. De las varias leyendas de las varias culturas que armaron mi linaje, descarto la cristiana con su paraíso, ese lugar en el que no habrá plantas ni animales: una roca de mierda, tan parecida a lo que puede ser nuestro planeta si nada cambia y se sostiene la economía extractivista, tan parecido el paraíso de Tomás de Aquino al único después que concibe para sí el capitalismo tardío, este antropoceno espantoso. De las varias leyendas, me quedo con esta, con Yvy Marâey, la de mi tatarabuelo guaraní.

Acerca de Gabriela Cabezón Cámara

Gabriela Cabezón Cámara es autora de las novelas Las aventuras de la China Iron (2017) y La Virgen Cabeza (2009); de las nouvelles Romance de la negra rubia (2014) y Le viste la cara a Dios (2011); de las novelas gráficas Y su despojo fue una muchedumbre (2015) y Beya (Le viste la cara a Dios) (2011) –ilustradas por Iñaki Echeverría– y de los relatos Sacrificios (2015). Estudió Letras en la UBA. En 2013 fue escritora residente en la Universidad de California en Berkeley. Desde entonces, coordina talleres y clínicas de escritura. Trabajó como editora del suplemento Cultura de Clarín, y actualmente ejerce el periodismo de manera independiente, colabora con medios como Crisis, Página/12, Fierro, el blog de Eterna Cadencia y la revista Anfibia.

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