“Había una vez un cuerpo”, de Martín Kohan

“Había una vez un cuerpo”, de Martín Kohan Diarios: un registro textual de los tiempos que corren

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Una reflexión sobre los cambios que la cuarentena impone en los espacios internos y externos

Diarios: registro textual de los tiempos que corren. Cinco escritores: Martín KohanMariana Enriquez, Gabriela Cabezón CámaraCamila Sosa Villada y Pedro Saborido. Este proyecto del Centro Cultural Kirchner es una forma de resistencia: el pensamiento no se detiene. La pandemia coloca a la humanidad en una situación extraña, un estado de alta velocidad y de estancamiento a la vez que amenaza con superar la capacidad de acción y de reflexión. El aislamiento de los cuerpos no nos deja en soledad.
 
"Estamos amputados de ciudad”, dice Martín Kohan en la segunda entrega de sus Diarios. Entre las cuestiones que deja en evidencia la cuarentena está la de que los cuerpos no solo habitan los espacios sino que están formados por ellos. Un todo orgánico. Las casas, las habitaciones donde nos confinamos también han cambiado, ahora que nos falta esa parte nuestra que es el espacio público.

Episodio 2: Había una vez un cuerpo

Estamos amputados de ciudad. Pasan los días, los pasamos sin salir, y vamos sintiendo progresivamente eso: que la ciudad le falta, no a uno, sino al cuerpo (el cuerpo que uno es, el cuerpo que uno tiene, el cuerpo en el que uno está). Es ella la quitada de nosotros (por eso escribo: amputados de ciudad) y no solamente nosotros los que somos quitados de ella (amputados de la ciudad). Estamos en casa y el cuerpo se transforma. Porque el cuerpo, si es cuerpo de sujetos urbanos, está hecho en la ciudad, está hecho de ciudad. Es casi su creación.
 
Lo sabemos por Walter Benjamin, por el modo en que leyó a Baudelaire. El surgimiento de la ciudad moderna (su referencia: el París del Segundo Imperio) no solamente procuró un espacio nuevo al cuerpo, sino que produjo además un cuerpo nuevo. La ciudad moderna (sus velocidades, sus amplitudes, su tránsito, sus flamantes tecnologías) cambió la manera de caminar, de percibir, de autopercibirse. En la gran ciudad moderna ya no se camina igual, por eso el viejo paseante queda tan desacompasado. La velocidad es otra. La propia y la de los demás, y también la de los vehículos; con lo cual es más difícil, y puede que incluso imposible, abandonarse así sin más en el andar, como quien se abandona a una lejanía. Ahora hay que prestar atención. Los estímulos se multiplican y producen efectos de choque (ya se ha dicho muchas veces: la ciudad, al igual que el cine y al igual que algunas vanguardias, responde al principio del montaje). Miramos de otra forma, caminamos de otra forma y sentimos de otra forma ¿Nosotros? Sí, pero también el cuerpo. Que accede a una serie de experiencias inéditas: la de formar parte de una multitud, la de la visión nocturna que habilita la iluminación a gas de las calles, la del registro de velocidades que antes simplemente no existían.
 
Se produjo un cuerpo nuevo y estaba hecho de ciudad. Ese cuerpo todavía persiste, aunque ha cambiado, porque persiste, aunque ha cambiado, la modernidad que lo engendró. Ese cuerpo estaba hecho de ciudad, lo sigue estando, y de pronto se encuentra, en la necesidad de frenar una pandemia, la del corona virus, quitado de ciudad (y no solo de la ciudad), arrancado de ciudad (y no solo de la ciudad), desmembrado aunque parezca entero, amputado de ciudad. La ciudad, afuera, vacía y quieta, callada y sola, parece estar a la espera. ¿La extrañamos? Nos extraña. Se pregunta qué nos pasa, igual que cualquier conocido que lleva un tiempo sin vernos.
 
Estamos en casa, metidos adentro. Pero también la casa ha cambiado, también se ha transformado el adentro. Porque ese adentro se creó con ese afuera, porque las casas que habitamos cobraron sentido en la historia respecto de la ciudad. Las casas, la idea misma de hogar, son lo que son porque hay ciudad; ya se trate del repliegue protector que procura la casa burguesa (de nuevo Walter Benjamin: el espacio interior afelpado de las casas de su familia en Berlín) o ya se trate de la intensa comunicación con el afuera que es propia de las viviendas populares (Walter Benjamin, siempre Walter Benjamin: sus notas de viajero en Nápoles).
 
¿Qué le pasa entonces al cuerpo durante la cuarentena? No a nosotros, sino al cuerpo, o junto con nosotros al cuerpo. Porque todo esto que está pasando es puro asunto del cuerpo: el cuerpo que se infesta, el cuerpo que contagia, el cuerpo que propaga, el cuerpo que se enferma, el cuerpo que colapsa (él mismo), el cuerpo que colapsa (el sistema sanitario). Al cuerpo hay que meterlo adentro, quitarlo de la ciudad y quitarle la ciudad, no solo porque la ciudad (es decir, los cuerpos de los otros; porque eso es la ciudad, el lugar en el que nuestro cuerpo está con los cuerpos de los otros) constituye un peligro para él, sino además porque él (y con él, nosotros) constituye un peligro para la ciudad (esto es, para el cuerpo de los otros).
 
Lo primero resulta evidentemente más fácil de asumir que lo segundo. Es más fácil asumir que los otros son un peligro, de ahí resultan la paranoia (¡no te me acerques!) y también la omnipotencia (a mí no me va a pasar nada); pero es más difícil asumir que el peligro pueda ser uno, que sea de uno de quien hay que cuidarse (el primo inconcebible que fue a la fiesta de quince, la peletera inconcebible que fue a una fiesta de quinientos, el viajero inconcebible que se vino en Buquebus, etc., etc., etc.). A la entrada de Pinamar, ciudad más chica pero ciudad, fue eso lo que le espetaron al exfuncionario macrista que llegaba en su alta gama: que los estaba poniendo en peligro.
 
Huir de la gran ciudad: rebrotó esa fantasía. A ciudades más chicas, como Pinamar o Villa Gesell, o directamente a la naturaleza: Marcelo Tinelli en Esquel. Sacar de la ciudad al cuerpo sacado de ciudad, salirse de la ciudad con el cuerpo salido de la ciudad. Como si no hubiera pandemia en el campo, como si no hubiera pandemia en los pueblos, como si no hubiera pandemia en las playas. Como si pudiese existir un lugar (un sitio puro, espiritual de ser posible) en el que el cuerpo dejara de ser cuerpo (una cosa en la que el corona virus se mete, un transmisor que se lo pasa inadvertidamente a los otros).
 
El cuerpo: se trata del cuerpo. De las maneras de concebirlo. Para el craso individualismo falsamente liberal, el cuerpo es un asunto de cada cual, un centro autárquico, cosa de uno. A la noche, en radio La Red, cuando se supo del proceder de Tinelli, otro periodista deportivo, el Toti Pasman, exclamaba con desesperación: “¡Yo creo en la propiedad privada! ¡Yo creo en la propiedad privada!”. Se refería al avión privado en el que Tinelli había volado y también a la pomposa casa que posee a orillas de las aguas claras. Pero en verdad se trataba de otra cosa, de otra propiedad privada: la del cuerpo. Porque el cuerpo es de cada cual, eso nadie va a negarlo, y no hay derecho a intromisiones, eso está establecido también. Pero el cuerpo es cuerpo con otros. El cuerpo existe en otro cuerpo, al que no por nada se denomina también así, que es el cuerpo social, ese en el que cada cuerpo interactúa con muchos otros. Es eso lo que el corona virus viene a poner en evidencia, en la necesidad paradójica de que los cuerpos por un tiempo se separen, se aparten unos de otros.
 
El individualismo del falso liberal ve al cuerpo como propiedad privada, como si todo colectivo fuese por necesidad fascista y como si toda consideración al resto comportara una amenaza de disolución para el yo. Pachano anunció en la televisión que no iba a quedarse a vivir entre cuatro paredes (vive, está claro, en un monoambiente). Quintín, notable crítico de cine, propuso desde San Clemente una parodia formidable: que por qué no lo dejaban ir a nadar, que no iba a contagiar a los peces, burlándose así con acidez del individualista necio que pasa por alto que, si la prohibición se la levantaran a él, tendrían que levantársela también a los demás, con lo cual en la playa ya habría mucha más gente (está el que sale a la ciudad, total está vacía).
 
El cuerpo como cosa exclusiva de uno o el cuerpo como instancia social y política: la pandemia marca nítida los dos criterios (los venían marcando antes los debates sobre la legalización del aborto. Pero no entre quienes lo impulsan y quienes lo resisten, sino entre quienes lo impulsan; según lo hagan enfatizando que el cuerpo es cosa de cada cual o lo hagan desde el reclamo de una política sanitaria del Estado, que afectará, como no podía ser de otro modo, el cuerpo de cada cual. Las dos variantes se combinan, contradictoriamente, en ocasiones).
 
Sentimos el cuerpo distinto. Pero no es una sensación nada más; el cuerpo es de veras otro. Amputado de ciudad, vulnerable o peligroso, cuerpo aislado como nunca y cuerpo social más que siempre, no es sin duda el mismo de antes. Y hay que ver cómo será después. La pregunta capital: “¿Qué puede un cuerpo?”, se ha convertido por estos días en otra: “¿Qué es lo que no puede?”
 
Por lo pronto, no puede salir. Nos invita, por eso mismo, a pensarlo.

Acerca de Martín Kohan

Profesor de Literatura, escritor y crítico literario, Martín Kohan enseña Teoría Literaria en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde se doctoró con una tesis sobre la representación narrativa de los héroes nacionales; y de la Facultad de Humanidades de la Universidad de la Patagonia. Ha publicado las novelas La pérdida de Laura (1993), El informe (1997), Los cautivos (2000), Dos veces junio (2002), Museo de la revolución (2007), y Ciencias Morales (2007) por la cual ha obtenido el Premio Herralde de Novela. También ha publicado los libros de cuentos Muero contento (1994), Una pena extraordinaria (1998), y Segundos afuera (2005); y los libros de ensayo Imágenes de vida, relatos de muerte. Eva Perón, cuerpo y política (1998) (en colaboración) y Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin (2004). Habitualmente publica artículos sobre literatura en medios académicos y periodísticos.

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