Foucault: el panóptico y el espejo

Foucault: el panóptico y el espejo Ficciones de la filosofía - Jueves 5 de octubre, 19h - Auditorio 511

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Diálogo con Edgardo Castro

En el tercer encuentro del ciclo que propone una aproximación a la filosofía a partir de sus metáforas, un diálogo acerca de las ficciones panópticas, de Franz Kafka a Michel Foucault, a cargo de uno de los principales especialistas argentinos en la obra del pensador francés, el doctor en filosofía Edgardo Castro.

La actividad es gratuita y requiere reserva previa, que puede realizarse a partir del martes 3 de octubre a las 12 a través de esta página y hasta agotar la capacidad de la sala.

The Prisoner, serie de TV británica
Presidio Modelo (1926-1932), Isla de la Juventud, Cuba

Una de las metáforas filosóficas más exitosas del siglo XX fue la del panóptico, que Michel Foucault despliega en uno de sus libros, dedicado a los sistemas penales en la Modernidad y, especialmente, al nacimiento de las prisiones como lugares de encierro. Foucault retoma la descripción de un tipo peculiar de arquitectura carcelaria que Jeremy Bentham había descripto a fines del siglo XVIII y que, para Foucault, concentra y resume la forma en que los siglos siguientes utilizarán para vigilar y castigar.

La idea de un punto central desde donde se puede observar a todos los encerrados sin que estos puedan, a su vez, detectar la presencia del observador se convirtió entonces en la metáfora preferida para ilustrar la forma de gobierno de los cuerpos que es, según el filósofo francés, la que define a nuestro tiempo.

Como en los encuentros anteriores, se trata de poner en claro la ficción involucrada en los textos de Foucault (algunos párrafos fundamentales se pueden leer en esta misma página), así como su valor y función dentro de su pensamiento de Foucault, en diálogo con Edgardo Castro, uno de los mayores especialistas en la obra del francés y autor del imprescindible Diccionario Foucault. También se busca profundizar en los entrecruzamientos de ficción y especulación que sugieren algunas obras maestras de la tradición literaria moderna (desde Ante la ley, de Kafka, a Un mundo feliz, de Huxley) y sobre todo, en algunas series de televisión de culto, como El prisionero.

Acerca de Edgardo Castro

Edgardo Castro nació en 1962. Es doctor en Filosofía por la Universidad de Friburgo (Suiza), investigador del Conicet y profesor universitario. Ha sido docente en la Universidad de Buenos Aires, la Universidad de San Martín y la Universidad de La Plata, entre otras casas de estudio argentinas, y también profesor invitado en el Istituto Italiano di Scienze Umane de Nápoles, en la Universidad Federal de Santa Catarina, en la Universidad de Chile y en la Universidad Nacional de Colombia. Sus publicaciones se ocupan de la filosofía contemporánea, particularmente francesa e italiana. Es autor del magnífico Diccionario Foucault (2004 y 2011), obra de consulta para todo estudioso de la obra del pensador francés.

Es uno de los principales traductores de la obra de Giorgio Agamben al español, y está a cargo de la edición de los textos de Michel Foucault incluidos en la serie Fragmentos Foucaultianos, en Siglo XXI Editores. Entre sus libros, cabe destacar Pensar a Foucault (1995), Giorgio Agamben. Una arqueología de la potencia (2008) y Lecturas foucaulteanas. Una historia conceptual de la biopolítica (2011).

El texto

Fragmento de Michel Foucault, “A propósito del encierro penitenciario”

Vivimos en una sociedad panóptica. Tenemos estructuras de vigilancia absolutamente generalizadas, de las que el sistema penal y el sistema judicial forman parte y de las que la prisión es, a su vez, una de sus piezas, y la psicología, la psiquiatría, la criminología, la sociología y la psicología social son los efectos.


Fragmentos de Michel Foucault, Vigilar y castigar

Hay una maquinaria que garantiza la asimetría, el desequilibrio, la diferencia. Poco importa, por consiguiente, quién ejerce el poder. Un individuo cualquiera,tomado casi al azar, puede hacer funcionar la máquina: a falta del director, su familia, los que lo rodean, sus amigos, sus visitantes, sus servidores incluso. Así como es indiferente el motivo que lo anima: la curiosidad de un indiscreto, la malicia de un niño, el apetito de saber de un filósofo que quiere recorrer este museo de la naturaleza humana, o la maldad de los que experimentan un placer en espiar y en castigar. Cuanto más numerosos son esos observadores anónimos y pasajeros, más aumentan para el detenido el peligro de ser sorprendido y la conciencia inquieta de ser observado. El Panóptico es una máquina maravillosa que, a partir de los deseos más diferentes, fabrica efectos homogéneos de poder.


El hecho de que haya, aun hasta nuestros días, dado lugar a tantas variaciones proyectadas o realizadas, demuestra cuál ha sido durante cerca de dos siglos su intensidad imaginaria. Pero el Panóptico no debe ser comprendido como un edificio onírico: es el diagrama de un mecanismo de poder referido a su forma ideal; su funcionamiento, abstraído de todo obstáculo, resistencia o rozamiento, puede muy bien ser representado como un puro sistema arquitectónico y óptico: es de hecho una figura de tecnología política que se puede y que se debe desprender de todo uso específico.
 

En un sistema de disciplina [panóptica], el niño está más individualizado que el adulto, el enfermo más que el hombre sano, el loco y el delincuente más que el normal y el no delincuente. En todo caso, es hacia los primeros a los que se dirigen en nuestra civilización todos los mecanismos individualizantes; y cuando se quiere individualizar al adulto sano, normal y legalista, es siempre buscando lo que hay en él todavía de niño, la locura secreta que lo habita, el crimen fundamental que ha querido cometer.

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