Estreno online: “Erdosain”, de Fernando Spiner y Ana Piterbarg

Estreno online: “Erdosain”, de Fernando Spiner y Ana Piterbarg Roberto Arlt: 120 años

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Una proyección especial del film basado en “Los siete locos”

El Centro Cultural Kirchner celebra los 120 años del nacimiento de Roberto Arlt (1900-1942), con una proyección especial del largometraje Erdosain, de Fernando Spiner y Ana Piterbarg, basado en la novela Los siete locos.

El film, que se puede ver en calidad de estreno a través de esta web, está acompañado en el homenaje por textos especiales de Horacio González y María Pia López (ex directores de la Biblioteca Nacional y del Museo del Libro y de la Lengua, respectivamente), Diego Velázquez (actor que encarnó al protagonista de la historia) y Alejandro Montalbán y Gabriel Reches, integrantes del equipo de la serie televisiva original.

Integran el elenco de Erdosain Diego Velázquez, Belén Blanco, Carlos Belloso, Pablo Cedrón, Daniel Fanego, Daniel Hendler, Moro Anghileri, Leonor Manso, Magdalena Capobianco, Marcelo Subiotto, Claudio Rissi, Pompeyo Audivert, Fabio Alberti y Martín Slipak.
   
Se recuerda de esta manera la experiencia inédita que, con el impuso y el liderazgo del recordado escritor Ricardo Piglia (1941-2017), uno de los más apasionados estudiosos de la figura y la obra de Roberto Arlt, unió en 2015 a la Biblioteca Nacional y la Televisión Pública Argentina para la realización de la serie de 30 capítulos Los siete locos y Los lanzallamas, dirigida por Spiner y Piterbarg. Para esa ocasión ambas novelas fueron adaptadas por Piglia, quien reconocía al autor como una de sus mayores influencias: “Arlt lisa y llanamente inaugura la novela moderna argentina. Porque tiene una decisión estilística nueva, quiebra con el lenguaje de ese momento. Es el primer novelista argentino, y el mayor, por donde se lo mire”.

El argumento de Los siete locos, novela clave de la literatura argentina, gira alrededor de Remo Augusto Erdosain, quien, desesperado ante la falta de dinero y perspectivas, se une a una sociedad secreta que pretende trocar el orden social imperante a través de una cruel y terrible revolución social ideada por El Astrólogo.

Erdosain, de Fernando Spiner y Ana Piterbarg
Diego Velázquez
Pablo Cedrón
Horacio González

Presentación, por Fernando Spiner y Ana Piterbarg

En el año 2015 realizamos en la Televisión Pública Argentina la serie de 30 capítulos Los siete locos y Los lanzallamas, sobre una adaptación de las novelas de Roberto Arlt realizada por Ricardo Piglia, un gran conocedor su obra.
 
Un elenco de extraordinarios actores se sumó rápidamente al proyecto. Las excelentes críticas que acompañaron su emisión y los múltiples premios obtenidos terminaron de confirmar los logros de este trabajo.
 
Sentimos entonces que este magnífico acercamiento a esas obras merecía perdurar en el tiempo sin que quien lo abordara tuviera que ver los treinta capítulos, y así surgió la idea de realizar este largometraje que titulamos Erdosain, como el protagonista de las novelas y la serie. Con esta idea realizamos un seminario gratuito para 35 directores, editores y guionistas, gracias al apoyo de la Fundación DAC (Directores Argentinos Cinematográficos), donde tuvimos la oportunidad de discutir de forma colectiva las líneas fundamentales de esta nueva adaptación a un film pensando como principal objetivo su difusión cultural sin fines de lucro. Luego, con el apoyo del equipo técnico de la serie lo transformamos en este largometraje. 
 
Celebramos y apoyamos con gran alegría la iniciativa del Ministerio de Cultura y del Centro Cultural Kirchner de iniciar su difusión por este medio y los invitamos a ver este trabajo que nos llena de orgullo.

Erdosain, por Horacio González

Suele decirse que en Roberto Arlt hay un influjo expresionista. Escribió un poco después que el dramaturgo sueco Strindberg, y sus sorprendentes puntos de contacto se los pudo después señalar en el teatro argentino, por parte de un puñado escogido de grandes directores argentinos. Pero Arlt no admite fácilmente entrar a un catálogo, y aunque sus contactos con Dostoievski son notorios, también se puede decir, sobre el autor de Los endemoniados, que un Arlt antropófago se dedicó a devorarlo con su mandíbula trituradora y arbitraria. Mientras mastica con la prisa indiscriminada del hambriento, embucha situaciones, recrea climas y caricaturiza la vida de los desamparados haciéndola terrible y, por qué no, inocente en su envoltura siniestra. En estas acciones reside su atractivo y su adhesión al gusto menos elaborado, en donde para Arlt ya residía la salvación pues lo consideraba una forma de la sabiduría.
 
Porque en su fondo ese gusto estaba bien pulido, y el sueño imposible de plácida felicidad era siempre golpeado por una angustia irreductible. También, la viveza taimada de otras figuras era acosada por un secreto lirismo. Incluso los desvaríos del Astrólogo y los quejidos melancólicos de Erdosain, contrapunto donde sobresale la oculta finura de las atmósferas grotescas de Arlt. Es que siempre destila teatralidad, sus frases actúan solas, se presentan, aun escritas en una novela, para conmover a un público presente. Incluso convirtiendo en espectador al lector solitario.
 
Ricardo Piglia siempre se interesó por la novela de un modo sutil, tomándola un segundo antes de su consumación. En lo previo que parecía informulado ya estaba la novela. No escribió entonces novelas ya consumadas, listas para el lector del principio al fin. Lo que hizo fue otra cosa. Convirtió en material de novelas a una serie de ingredientes históricos alusivos o borrosos, chascos inesperados, recuerdos de conversaciones, absurdos cotidianos, excesos graciosos que acababan en tragedia, textos ya escritos y motivos de culto, rarezas escritas sin ningún ordenamiento, principio ni final. Y de toda esa batería de requechos donde se hundían las formas de vida truncadas, las vidas ya derrotadas, las vanguardias literarias más logradas junto a la melancolía anárquica que se produce cuando sabemos que no hay lenguaje para expresar lo que queremos, o que solo resta una lengua artificial que nos hace tiernos y ridículos a la vez, lograr sacar una novela consistía en imaginar un hilo argumental donde todas esas ausencias y trastos redimidos sin consumación estuviesen nuevamente presentes.
 
Piglia escribió novelas donde todo su andamiaje estaba por comenzar y eso es lo que desarrolló sin cesar. Sorprendía todas las acciones en su punto de origen, en las conversaciones previas y llamaba novela a lo que infinitamente estaba por iniciarse, aunque nos deparara la ilusión de que todo ya estaba cerrado y terminado. Por eso pudo considerar Los siete locos y Los lanzallamas como grandes yacimientos, piezas que parecían encajar perfectamente –y por cierto que lo hacían–, pero mostraban su genialidad folletinesca haciendo que el lector entrase dentro de los bastidores novelescos y viera todas las costuras, enmendados y correcciones, si es que decidía convertirse también en personaje y no en un lector inocente, como tantas veces nos gusta ser, con razón.
 
Y también por eso logró que todo este estilo que podríamos llamar de bricolage –que era también el de Borges y el de Macedonio– se pusiera a jugar con la televisión y su estilo. La televisión pretende casi siempre mostrar que es un molde íntegro, pero no puede evitar que se evidencien sus fragmentos, También hay algo con sus géneros, que acatan siempre la unificación a la que los somete una tecnología única. En esas fisuras, donde persiste algo del circo, mucho del teatro, una porción de la novela y casi todo el enigma del cine, unos artistas atrevidos, tomando la recomposición arltiana que Piglia forjó con la agudeza de montajista con una pizca de astrólogo haciendo sus discursos para adentro, un director y una directora de cine, productores y estimuladores, colaboradores de todo tipo y un electo de actores salido de las más importantes experiencias del teatro argentino tomaron a su cargo revolver en el gran caldero, para que novela, cine, televisión –y adicionalmente una biblioteca– cobrara cuerpo en la resurrección de Arlt, Erdosain, Ergueta, Barsut, los célebres conspiradores de Temperley.
 
No cabe duda hoy que esta fue una de las más importantes experiencias contemporáneas de la televisión argentina, ante este legado complejo que reclama nuestra atención muchas veces remisa. Otros grandes directores de cine, en décadas pasadas, habían tomado a su cargo, en nombre del cine, la novela de Arlt. No es posible desmerecer aquellas obras, donde actuaron los grandes actores de otra época, que parece lejana pero no cuesta trabajo tomarla como lindera a la nuestra. Pero no es posible exagerar si decimos que recién con esta intervención de Piglia y del Cine en la Televisión –triada que no es fácil aglutinar– la presencia de Arlt se hizo mucho más vital y, por lo tanto, demostró nuevamente lo necesaria que era para cubrir o señalar los baches más enlodados de una época, que contiene casi todas las amenazas que con otro nombre existían en el filo entre esos años veinte y treinta donde –hace casi un siglo– Roberto Arlt hizo conocer lo más vibrante de su obra. Estamos ante una experiencia fundamental en las artes, el pasaje de la novela al teatro, del teatro al cine, del cine a la televisión y luego, de vuelta, de la televisión al cine. Uno se siente tentado a dar los nombres de los y las cineastas, de los productores y productoras, de los actores y actrices –y porque no los directores de aquel momento de la Televisión Pública–, pero estos notorios merecimientos que omito espero, sin duda, que figurarán en el programa al que se integran estas palabras.

Horacio González es sociólogo, investigador, ensayista y docente universitario. Es autor de una prolífica y fundamental obra de crítica cultural y política, integrada por incontables artículos e intervenciones, y libros como La ética de la picaresca, Arlt: política y locura, Restos pampeanos, Filosofía de la conspiración, Los asaltantes del cielo. Política y emancipación, Perón: reflejos de una vida, El acorazado Potemkin en los mares argentinos, Lengua del ultraje, La argentina manuscrita, Historia conjetural del periodismo y su reciente Borges. Los pueblos bárbaros. Profesor de la Universidad de Buenos Aires, entre 2005 y 2015 fue director de la Biblioteca Nacional.

Erdosain, por María Pía López

Nubes de angustia sobre una ciudad. Un tigrecito suelto en un bosque de ladrillos. Un ladrón que robó por aburrimiento. Un inventor que sueña catástrofes. Un conspirador que piensa que la redención de la humanidad exige sacrificios. Una mujer arrojada a la que llaman La Coja. Un rufián melancólico. Un abogado indignado. Un hombre que mata a una mujer muy joven. Un criminal y suicida. Nubes de angustia, ¿qué hacer con la tristeza, con el tedio, con la humillación? Arlt, Roberto, escribió como nadie la desazón. Los siete locos y Los lanzallamas son experimento en la lengua, apuesta insomne a un desborde escriturario y duplicidad de farsa y tragedia como si no se pudiera narrar esa vitalidad dramática sin una risa socarrona y amarga, sin la comprensión de que tras cada acto que parece pleno hay una fisura, un resquebrajamiento, una razón indecible para cometerlo. El Astrólogo, rutilante hacedor de conspiraciones, es conjurado que hace vaivén entre Lenin y Mussolini, pero también es farsante de feria, chantapufi fugitivo; como será la actuación el destino de Barsut, que pasa del secuestro –con simulacro de muerte incluido– a Hollywood. Farsa y tragedia: moneda falsa (surgida de las imprentas anarquistas), simulaciones varias, y rúbrica escrita con sangre –esa verdad última de las balas.
 
Los siete locos y Los lanzallamas pueden leerse en el tembladeral de la crisis del ’29, en el ensueño revolucionario de los años veinte, en la intensidad de la respuesta fascista, en la liturgia de un golpe militar. Todo eso está en las novelas, pero también algo que las hace persistentes en nuestro imaginario de lecturas, que excede la época o la convierte en el teatro de los acontecimientos pero no en su sentido final: la angustia que corroe el alma, para usar la expresión de un cineasta alemán. Erdosain es el personaje de esa angustia, modelo, carnadura, hombre que está solo y quizás no espera, caminante insomne. Es el antecesor del Ricardo Zevi que puso Salvador Benesdra en la Buenos Aires de los noventa. Y prototipo de la angustia de los personajes de Plata quemada, de Ricardo Piglia, porque el dinero es excusa para una violencia que se derrocha como puesta en juego de la vida.
 
Durante sus últimos años de vida, Piglia se abocó a su mayor obra, Los diarios de Emilio Renzi, e hizo la adaptación televisiva de las novelas de Arlt. En el primer volumen de los diarios, Años de formación, se muestra fascinado por un amigo, Cacho Carpatos, ladrón de casas y autos, y con el que siente que es posible vivir peligrosamente. Cacho es el sin sentido, la angustia existencial, el riesgo inútil. El escritor anota una conversación en la que le sugiere buscar un sentido político a esa existencia. Juan Forn advirtió que ese Cacho era Cacho Scarpati, quien sería militante montonero después de su encarcelamiento como ladrón y terminaría malherido y detenido en Campo de Mayo. Scarpati logró fugarse y dar un testimonio fundamental para reconstruir el plano de El Campito, el campo de concentración por el que pasaron cinco mil personas y fue destruido para que no quedaran pruebas. Entre Erdosain y Cacho Carpatos: el siglo XX. Si Zevi había sido su continuidad literaria y angustiada, Carpatos-Scarpati el pasaje de la aventura a la revolución.
 
Eran los temas de Piglia, sin dudas. Los que alimentaban el entusiasmo y la lucidez para construir de las novelas una serie, sostenida en el ritmo de folletín que ya llevaba dentro de sí. Una serie es reclamo de una atención que debe ser renovada y recreada, ansiosa espera del capítulo siguiente, que si en sus orígenes debía esperar un tiempo pautado –la hora de estreno o emisión, como antes la llegada del periódico con el tramo folletinesco–, la nueva situación bajo demanda hace posible el consumo abrupto de una temporada entera. El suspenso que obliga a esperar y a sostener la cita se convierte en ansia devoradora, en continuidad sin suspensión. La serie de la TV Pública Argentina, la Biblioteca Nacional y la productora Nombres se hizo en el momento inmediatamente anterior a esta transformación, que ya estaba ocurriendo pero no había modificado del todo las prácticas.
 
Ahora, una nueva adaptación está ante nuestros ojos: Erdosain, dirigida por Fernando Spiner y Ana Piterbarg, lxs directorxs de la serie, que condensan en obra única el trayecto del protagonista. Para otras generaciones de espectadoras y espectadores Alfredo Alcón era el rostro del personaje, para las contemporáneas ya es el de Diego Velázquez. Es ese rostro un poco tembloroso, azorado, que no termina de destejer su propia desdicha. El comienzo pone todo sobre la mesa: desde el declarado aburrimiento hasta el enfático desdén de Ergueta: Rajá, turrito, rajá. El boticario bíblico muerde las palabras, que caen sobre la cara desolada de Erdosain: inolvidable. Caen sobre su rostro, pero también sobre el nuestro cuando buscamos un atajo o un amparo en lugares inhóspitos y en solidaridades inexistentes.
 
Erdosain, la vida breve del asesino y suicida, se verá en estos días tan raros del aislamiento global. Como nunca, algo afecta al globo entero y no es la festividad ritual del año nuevo que se va cumpliendo desde Australia a China. No: es la pandemia, el virus que amenaza, el encierro preventivo. La suspensión de la experiencia del tiempo que le da carne a la historicidad y el vaciamiento y reconversión del espacio público. El espacio y el tiempo de la modernidad, en suspenso. Distopía en curso, la de la población mundial amenazada, paralizada, detenida, con las pantallas mediando el trabajo y la enseñanza. Para preservar la vida, nuevas conductas. Los que se oponen: derechas alocadas, armadas, que reclaman que se efectivicen rápido las cuotas de vidas sacrificadas para que todo siga. Lanzallamas: la conspiración va por ese lado, en estos días, más que por el sueño de la justicia y la emancipación. Quizás la experiencia de la rareza actual nos permita atisbar aquella desesperación, que es histórica (es el mundo entre guerras, el de las grandes conmociones políticas pero también el de las grandes matanzas y las debacles financieras) y vital.
 
Porque Erdosain es, también, el nombre de un vitalismo oscuro que si piensa la vida con mayúsculas (“pero yo te amo, Vida. Te amo a pesar de todo lo que te afearon los hombres”) no se priva de actuar cruelmente, hasta llegar al femicidio. Necesito poner esta palabra aunque sea anacrónica –se dirige a un acto narrado en un momento en que la categoría no existía– y necesito anotarla para señalar la incomodidad que nos produce o la inquietud en la que nos sumerge. Cada adaptación de la obra es un cambio de formato, la adquisición de otro lenguaje, pero también la tensión con un tiempo que no le pertenece o al cual no pertenece. Y Erdosain es tanto el humillado que solicita nuestro comprensivo acompañamiento como quien cree que la realización de sí pasa por el crimen y lo comete. No se trata de establecer un juicio moral, sino de señalar los temblores que provoca. Es en su formidable poder de inquietar que la obra de Arlt sigue viva y las voces de sus personajes habitan las nubes de tristeza que a veces se ciernen sobre la ciudad.
 
María Pia López es docente, escritora y socióloga. Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, fue directora del Museo del Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional entre 2011 y 2015. Actualmente es Secretaria de Cultura y Medios de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Publicó, entre otros, los ensayos Mutantes. Trazos sobre los cuerpos, Sabato o la moral de los argentinos (en colaboración con Guillermo Korn), Lugones. Entre la aventura y la cruzada, Hacia la vida intensa. Una historia de la sensibilidad vitalista, y las novelas No tengo tiempo, Habla ClaraTeatro de operaciones y Miss Once. Su último libro es Apuntes para las militancias. Feminismos: promesas y debates (EME editorial, 2019).

Fosgeno para todas y todos, por Diego Velázquez

Mi primer contacto con la obra de Roberto Arlt fue al venir a vivir a Buenos Aires, recién llegado de Mar del Plata. Una lectura casi adolescente. Ese momento en el que uno empieza a buscar la manera de sobrevivir y hacerse lugar, y va saboreando (si no lo hizo antes) los primeros desprecios, las primeras humillaciones. Fui descubriendo sus palabras a la vez que iba descubriendo esta ciudad. Cada recoveco oscuro, cada mugre nueva. Y por supuesto, cada nuevo dolor que uno iba padeciendo era posible poetizarlo a través de las lecturas que uno hacía de su obra. Pocas veces me ha pasado como lector –quizás de otra manera con Manuel Puig– el ser víctima de lo que podría llamar “una lectura física”, algo que entra por los ojos, y se desparrama por los órganos, y los estruja un poco, y los acaricia otro tanto. Porque eso es lo que produce Arlt. Rebota en el cuerpo. Casi como un flipper que lanza la bola y va golpeando en todos los obstáculos hasta sortearlos para terminar cayendo en la hendija que lo vuelve a la normalidad. La normalidad de la quietud, del entendimiento. Pero ya es tarde, ya pasó por todo el cuerpo y, por más que lo intente, la razón no va a poder abarcar lo que se grabó a fuego. Creo que no es posible leer a Arlt y salir indemne. O tal vez sí, pero debe ser muy aburrido. O quizás otros pueden, pero intuyo que algo se están perdiendo.
 
Arlt escribía incómodo, dolido, conflictuado con su época y con los que lo rodeaban. Por lo menos eso creemos saber. Más allá de si eso es verdad o no (o cuán torturado fue), en definitiva, lo único que importa es que yo me lo creí. Por más que leamos biografías sobre su persona e intentemos desentrañar si sus dolores eran los mismos que los de Astier, o los de Erdosain, o los de cualquiera de sus personajes, lo indudable es que ese amasijo de palabras lo que hace es crear un espejo que permite que se refleje otro dolor: el del lector.
 
Sí, lector, el torturado sos vos.
 
Ni Roberto, ni Remo, ni Silvio. O También.
 
¿Y qué es lo que duele? Todo. Duelen los demás, el cuerpo, el amor, duele el futuro, duele todo lo que no se entiende.
 
“Es la angustia”, dirá Remo.
 
Esa inevitable amistad con la oscuridad me deslumbró en aquella primera lectura. Le estoy profundamente agradecido por la bella manera en la que compartió lo que creo es el gran tema de su obra: el dolor inherente a existir.
 
Después viene todo lo demás. Lo premonitorio de su obra, esa especie de lucidez de adivinador, que no es clarividencia sino una extrema sensibilidad plantada en la época en la que le toca vivir. Un conocimiento del mundo que lo rodea. Y desde ahí, desde el propio presente habitado, es que el futuro se le hace claro (claro por lo nítido, porque en él, el futuro siempre será oscuro). Un futuro político ensombrecedor, una humanidad condenada al desbarranque, una incapacidad para amar que nunca será saciada.
 
Y esa desesperación por “ser alguien”. Remo fracasa probando una y mil veces las maneras tradicionales de poder “pertenecer” y transformarse en “alguien”: un buen marido, un justiciero social, el creador de un invento salvador (tan dentro del gen argentino la idea de “salvarse”). Solo se quiere ser alguien cuando se siente que se es nada. Como si la mera existencia no alcanzara. Y no alcanza, porque es su mujer, su jefe, la sociedad, son los otros, siempre los otros, los que tienen ese poder. Es la mirada de los demás la que le niega la existencia o la hace posible. Y esos otros, básicamente, le dan miedo. Que en definitiva es amor lo que se busca; y, ya sabemos, del amor al odio hay un paso. Entonces, frente a ese rechazo, el de los otros, su último intento de pertenecer será transformase en un peligro para ellos. “Ser alguien a través del crimen”.
 
No es tan lejano el razonamiento. ¿Qué busca el estudiante que entra al aula disparándole a sus compañeros? ¿O el hombre que ametralla peatones en la calle o en un shopping? ¿Y el que prende fuego a un indigente, lo filma, y lo sube a las redes? Siempre son hombres. Parece que el sueño asesino es solo masculino.
 
Será por ser actor que siento esto tan cercano: Mi ser actor no existe sin la mirada de los demás. No puedo actuar para mí solo. Aunque sea a uno, necesito de ese espectador que me acompañe. Como el escritor necesita al lector.
 
Cuando muchos años después volví a leer las novelas para poder hacer la serie e interpretar a Erdosain, volvieron sus palabras como si nunca las hubiese leído, con más fuerza; ya no había ciudad que descubrir ni oscuridad con la que amigarse (ya éramos indivisibles). Esto me permitió poder leerlo más allá de la primera impresión, descubriendo recovecos que en aquel entonces no había visto. Encontrando humor.
 
Después de terminar la serie, Roberto se me quedó pegado. No por no poder salir del personaje ni ninguna de esas pavadas, sino porque lo leí mucho, y no paré de encontrar ecos en su escritura. Entonces las ganas de seguir vomitándoles sus palabras a los demás me impulsaron a llevarlo al teatro: ahora mismo, cuando se nos cayó encima la cuarentena me encontraba haciendo funciones de Escritor fracasado, una versión del cuento de Arlt que adaptamos junto a Marilú Marini, y que ella dirige. Cuento que descubrí mientras esperaba en el camarín del canal durante las grabaciones y que me dejó fascinado. Este extraño personaje sin nombre es otro caso extremo de un intento desmesurado por ser alguien a la vista de los demás. Un espécimen bastante desagradable que busca reconocimiento y aprobación a cualquier precio. Este Escritor fracasado es una excusa –como lo fue Los siete locos– para transformar la experiencia física de leer a Arlt en la de habitarlo y decirlo, y que además me da la oportunidad de ver cómo continua el rebote de esas palabras en el cuerpo de los que escuchan, de los espectadores.
 
El final de su producción está totalmente volcado al teatro. Escribir obras fue lo último que hizo. Me gusta pensar que ese fue su último refugio, que ahí encontró, como yo, un lugar de pertenencia. Como si a su escritura ya no le alcanzara el papel y necesitara de cuerpos reales –los de los actores– para compartirlas.
 
¿Qué puedo decir de la experiencia de hacer la serie? Desde que escuché que estaba el proyecto en marcha deseé formar parte. Pero ni en el más loco de los sueños me había imaginado que terminaría interpretando a Erdosain. Y en las condiciones artísticas que se dieron. Las personas involucradas, el nivel de dialogo con los directores, la posibilidad de tomar este material con el riesgo que se merecía. Intentar capturar algo del fantasma que es Arlt para compartirlo de manera masiva. Llenar de fosgeno el horario central de la televisión para que lo inhale quien quiera. Fosgeno para todas y todos.
 
Fue una época feliz, debo reconocer. Ir de mi casa al canal en bicicleta cada día, para encontrarme con los trabajadores de la TV Pública que tomaron el proyecto como propio, con el equipo armado por los directores y con ese elenco soñado.
 
Y digo que fue una época feliz porque se avizoraba un futuro que sí era muy deseado: el de que existiera un espacio para producir contenidos televisivos corridos del estándar de la televisión abierta. Fue una época de mucha producción de series, donde la prueba y el error, y la continuidad de trabajo para los hacedores del medio audiovisual, fue una posibilidad real. Y que la televisión pública fuera la generadora de un contenido de estas características, que comenzara a probar la realización de ficciones donde los televidentes pudiesen encontrar una alternativa distinta a la oferta que ya existía, eso me daba alegría. Ojalá cuando la pandemia pase, y la reconstrucción sea una posibilidad, el canal vuelva a tomar ese rumbo.
 
¿Podría ser esta pandemia una versión opaca y sin poesía de aquel Fosgeno soñado por Remo? Seguramente no. Mis ganas de encontrar similitudes nomás. Aquella Buenos Aires invadida de gas amarillo, donde reinaría el caos y daría lugar a un nuevo orden, no se parece a esta ciudad vacía, confinada en el hastío de hogares organizados alrededor de la televisión, o inmersos en pantallas de teléfonos, subiendo alguna foto a Instagram. ¿Qué busca el que sube fotos de sus abdominales sin parar? ¿Y el que muestra el último libro que dice haber leído? ¿O lo que está comiendo? “Ser a través de una foto”. Ahí está, inmutable, la aprobación en la mirada de los demás. La corroboración de la propia existencia a través de un like.
 
¿Quién puede decir qué será para nosotros esta situación que estamos viviendo? ¿Quién podrá hacer poesía con esto? Esta pandemia que nos tiene encerrados en un cuarto, escuchando nuestro propio silencio, como cuando Elsa le cierra la puerta a Remo y lo deja solo, tratando de comprender la palabra “esplendores”.
 
Esplendores. Qué linda palabra.
 
¿Quién se anima a relatar este tiempo?
 
Vamos a necesitar poetas que habiten este momento, como Arlt habitó el suyo, y que, desde este dolor nuevo, puedan intuir a dónde vamos y nos guíen un poco. Que puedan crear espejos donde poder vernos y llorar toda esta angustia incomoda que se nos vino encima de repente y que todavía no sabemos dónde ubicar.
 
Diego Velázquez nació en Mar del Plata en 1976. Ya radicado en Buenos Aires, egresó en 2002 de la carrera Formación del Actor de la Escuela de Arte Dramático de la Ciudad. Realizó además estudios de cine, artes visuales y danza. Tiene una destacada trayectoria como actor e intérprete. En teatro ha trabajado con directores como Ciro Zorzoli, Jorge Lavelli, Alejandro Tantanian, Moro Anghileri, Marilú Marini y Diego Veronese, entre otros. En cine participó, entre otras películas, en El niño pez, de Lucía Puenzo, Relatos salvajes, de Damián Szifron, Kryptonita, de Nicanor Loreti, La larga noche de Francisco Sanctis, de Francisco Márquez y Andrea Testa, La reina del miedo de Valeria Bertuccelli y La misma sangre, de Miguel Cohan. En televisión participó en ficciones como Farsantes, Mujeres asesinas, El hombre de tu vida, y Argentina, tierra de amor y venganza, entre otras, y se destacó especialmente por su protagónico en la miniserie Los siete locos y los lanzallamas.

Erdosain, por Alejandro Montalbán

En estos días de tan escasas buenas noticias resalta la alegría por la confirmación del estreno de Erdosain, la sorprendente película que Ana Piterbarg y Fernando Spiner “inventaron” o “encontraron” en una parte de las escenas grabadas para la serie de la TV Pública Argentina Los Siete Locos y Los Lanzallamas. Alegría por amigos y compañeros tan talentosos como Ana y Fernando, por esta “nueva vida” de la serie en la que tuve la felicidad de participar, porque se ha recuperado el Centro Cultural Kirchner para una mirada popular y democratizadora de la acción pública en la cultura, por Arlt y Erdosain, mi escritor y mi personaje literario preferidos.
 
Metabolizada la alegría, nos asaltan inmediatamente pensamientos sobre el evidente eco entre este momento tan extraño que nos toca atravesar y la atmósfera lúgubre que instala la película. Resonancias entre virus y gases, transmitidos en azarosos desplazamientos aéreos, que amenazan a todos y pueden acabar con la vida de cualquiera. Pandemia y fosgeno.
 
La primera cuestión que surge, entonces, es el acentuado parentesco entre la obsesión criminal de Erdosain y nuestra ominosa actualidad. Es evidente que la película se roza inquietantemente con los tiempos que nos toca vivir, fácilmente hermanables a las ensoñaciones del protagonista, que imagina vahos mortuorios abatiéndose como nubes vaporosas sobre las indefensas poblaciones. Abundando en esta línea, las afiebradas disquisiciones del Astrólogo en cuanto a la constitución geopolítica y social de los poderes y sobre el combustible que propulsa la maquinaria infernal, el mundo tal como lo forja el capitalismo, tampoco tienen un aspecto muy distinto al que ha salido a la luz con la pandemia. Sin embargo, no estaríamos ante ese tipo de obras que nos ofrece diariamente la industria cultural con el rótulo “la novela o la película que anticipó tal o cual cosa”. La propia escritura de Arlt inhibe cualquier lectura en clave alegórica. La historia que nos cuenta termina ahí donde finaliza el desgraciado periplo de su desastrado héroe. Ficción pura, que inhibe o suspende el juicio moral, como dice Horacio González, fundando en esa suspensión el secreto que impide que la trama envejezca al quedar atrapada en telarañas de moralidades que siempre son de determinada época y tienen fecha de vencimiento. En ello quizás radique su potencia y su capacidad de conmovernos a pesar de los años transcurridos.
 
Lo único cierto es que Arlt nada nos dice sobre la pregunta principal que nos hacemos en estos días insomnes: qué sociedad emergerá una vez que el viento disipe los vapores de nuestra peste.
 
Segunda cuestión, y permítaseme la humorada a pesar de las graves circunstancias. Por exactamente los mismos motivos –“pegar bien” con el momento–, Erdosain podría perfectamente haberse estrenado durante el gobierno anterior. Si bien durante esos oscuros cuatro años el país no se vio amenazado por microorganismos biológicos de origen zoonótico, el macrismo fungió sí como un asfixiante gas fosgeno autóctono, en todos los niveles de su acción de gobierno. Y especialmente y con particular saña en lo que hace a la vida cultural, que no cesó de dañar con su mueca inadvertida y arrogante. Un veneno letal caracterizado por su absoluto desprecio a cualquier actividad cultural y a cualquier lenguaje no diseñados o preformateados desde la perspectiva del lucro y de los empobrecedores cánones determinados por el Rey Mercado.
 
Para ir cerrando, y en tercer orden, se me ocurre también que hay en el estreno de Erdosain un valor adicional, un bonus track oxigenante. Además de sus méritos intrínsecos, Erdosain trae a la memoria algunas experiencias de nuestro pasado reciente que podemos valorar y que seguramente podríamos y deberíamos profundizar y corregir, pero que sería conveniente justipreciar a la hora de enfrentar el escenario de devastación cultural que emergerá cuando la tormenta pase. A la calamidad que significó el macrismo se agregarán las gravosas consecuencias que la pandemia tendrá sobre todos las esferas de nuestra vida social. Se nos impondrá la ardua tarea de reconstruir un país devastado en su economía, en su estructura social y en su plexo cultural. El estreno de Erdosain nos invita a recuperar el espíritu de aquellos días diáfanos, no tan lejanos, en los que el inolvidable Ricardo Piglia aún estaba entre nosotros, en los que la Televisión Pública Argentina apostaba firmemente a producir contenidos de calidad y de relevancia cultural y en los que contábamos con una Biblioteca Nacional transformada en una potente referencia cultural democrática y pluralista dedicada preciosamente a reponer e impulsar viejos y nuevos debates capaces de revitalizar nuestra vida cultural. Conjurados arltiana y borgeanamente, con la inolvidable batuta de Piglia, para ofrecer ese tipo de cosas que la televisión no suele brindarnos. El desafío será muy grande, pero el estreno de Erdosain parece ser un buen comienzo.

Alejandro Montalbán es sociólogo y productor de contenidos. Ha participado y dirigido diversos proyectos comunicacionales y audiovisuales. Actualmente es director de medios audiovisuales de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Fue productor general de Los siete locos y Los lanzallamas para la Televisión Pública Argentina.

Para qué, por Gabriel Reches

—Gabi, ¿para qué se hizo la Tierra? —Cuando escuché esta pregunta tenía veintidós años y me ganaba la vida como maestro. El inquisidor era un chico de ocho. Sus padres lo habían llamado Fermín y en los recreos jugaba a tirarse adentro de un tacho de basura para que sus compañeros se rieran.
 
Como no supe qué responder, le contesté rápido y con un montón de palabras, manoteadas de algún agujero negro de la memoria donde descansaba una versión precaria de la teoría del Big Bang. Pero, cuando mi ego explicador tomaba impulso, Fermín interrumpió:
 
—Yo no te pregunté cómo, te pregunté para qué —dijo con cierto fastidio.
 
Y no pude responderle nada más. Apenas convenimos en que, aún sin para qué, valía la pena experimentar vivencias que nos hicieran más felices que el tirarnos a un tacho de basura.
 
Hoy tampoco tengo respuesta a esa pregunta que, cada tanto, a salvo de la mirada adulta, se formulan en la intimidad lxs chicxs de ocho que producen pensamientos en mi cabeza. Para qué se hizo la Tierra, para qué existimos, para qué Roberto Arlt escribió lo que escribió, para qué produjimos una serie como Los siete locos y Los lanzallamas. Para qué, para qué, siempre para qué y no hay respuesta correcta.
 
Remo Erdosain, el personaje de las novelas de Arlt y de esta película que ahora compartimos, quiso dar sentido a su vida a través del daño; generar una huella de crueldad que lo emancipara de su condición lacaya, que lo liberara de esa zona de angustia que se trasladaba “como una nube de gas venenoso”, “pesadamente de un punto a otro, penetrando murallas y atravesando los edificios”.
 
El fuego que reunió a un grupo de cófrades en 2014 fue más modesto: nos propusimos legalizar el consumo de literatura en televisión.
 
Según quien relate, podemos situar el inicio de esta aventura en diversas coordenadas espaciotemporales. En este escrito vamos a elegir un día de primavera de 2013, en el bar de la Biblioteca Nacional, durante la novena o décima reunión que Ale Montalbán y yo manteníamos con Ricardo Piglia, para generar una serie de ficción que se llamaría La Anomalía, a partir de los cuentos fantásticos de Lugones y algunas obras de Bioy Casares.
 
Con algo de dificultad, después de hablar un rato de fútbol y política, Piglia azucaró su segundo café, dio un golpecito a la mesa y dijo:
 
—Amigos, les propongo que cambiemos el plan.
 
Atónitos, con apenas una frase de parte del escritor, dos productores estaban por entender que las ideas con que habían trabajado hasta el momento quedarían sepultadas por el brillo de una visión:
 
—Los cuentos de Lugones están muy bien, pero ahora tenemos que hacer una adaptación de Los siete locos y Los lanzallamas. Este es el momento —sentenció, y unos cafés después los tres nos volvimos a nuestras respectivas casas con expectativa o desconcierto. Los problemas del mundo habían sido solucionados una vez más alrededor de la mesa de un bar. Ahora solo hacía falta verificar lo dicho con acciones. Nada más. Nada menos.
 
El director de la Biblioteca Nacional en ese entonces se llamaba Horacio González. El de la señal televisiva estatal, Martín Bonavetti. Con ellos y varixs más, éramos reincidentes en el arte de buscarnos problemas que nadie había pedido resolver, como por ejemplo construir un puente gigante de proyectos que uniera a la Televisión Pública y a la Biblioteca, o mejor, a la televisión y a la literatura.
 
Ellos no fueron los únicos culpables de que la serie se produjera. Serían necesarias múltiples cofradías, tanto de lanzallamas como de locxs, para materializar el proyecto.
 
En el estudio que Piglia tenía en la calle Marcelo T de Alvear se conformó un equipo de adaptación compuesto por una socióloga (María Pía López), un historiador (Javier Trímboli), un guionista (Leonel D’Agostino), una directora (Ana Piterbarg), un director (Fernando Spiner), un poeta productor (Gabriel Reches), un productor sociólogo (Alejandro Montalbán) y claro, el mismo Piglia.
 
Discutíamos cómo traducir la obra de Arlt a un discurso audiovisual contemporáneo, cómo entretener con trama de thriller y cliffhangers sin que se perdiera el expresionismo literario de la obra original, ni la experiencia subjetiva del protagonista; cómo producir una ficción de calidad que fuera posible en términos presupuestarios.
 
Ya con los guiones escritos, se formó el nuevo grupo de locxs. Gustavo Villamagna y Daniela López Castan se sumaron como productores generales del proyecto, y comenzó la cuenta regresiva. Alguna vez alguien dijo que había que poner una bomba en la Televisión Pública. Estaba equivocado. Pero sí tenía razón en que algo en la televisión cada tanto puede y merece ser dinamitado. Entre los trabajadores del canal y “lxs que veníamos de afuera” dinamitamos las ideas previas que teníamos sobre cómo hacer ficción; cómo concretar un proyecto común entre trabajadores estatales y privados, cómo generar una ética de funcionamiento en la que cada quien tuviera un espacio para desplegar lo que sabía y para potenciar los aciertos y amortiguar los errores del prójimo.
 
Así se hizo la serie y, después, la película, ya culpa de dos directorxs que siempre se empeñan en concretar deseos más allá de cualquier obstáculo que plantee la aparente lógica con que intenta funcionar el mundo conocido.
 
Mientras, atravesamos climas sociales propios de la mente de Erdosain; hoy la zona de angustia parece avanzar con la forma indefinida y a la vez tajante de una pandemia. Pero incluso cuestionándonos sobre el sentido de las cosas, entre crisis, teorías conspirativas y pangolines, nos mantenemos a flote en esta gran sopa de murciélago aferrándonos a las experiencias que nos hicieron y nos hacen felices. Cuando podemos abrazarnos a proyectos como el de Los siete locos y Los lanzallamas, podemos decir que hay apuestas mejores que la de tirar la civilización a un tacho de basura; porque a veces nos gusta estar aquí, y elegimos formar parte de la humanidad que nos espanta y a la vez nos enamora.
 
Estamos contentos de haber contribuido a legalizar el consumo de literatura en televisión, con un material audiovisual que no está ligado al sentido impostado e iluminista de la divulgación sino que se propone como una experiencia de entretenimiento que, a la vez, nos interpele y nos ayude a formular preguntas sobre lo que somos. Hoy, la memoria de quienes hicimos Los siete locos y Los lanzallamas se materializa en la incitación cotidiana a rebelarnos contra la subestimación del público, a apostar a la construcción de bienes audiovisuales durables. No es prudente afirmar que la serie y la película marcan un antes y un después en la historia de la televisión; pero sí me animo a decir que marcan un antes y un después en las biografías de muchos de aquellxs que formamos parte de este asunto.
 
Gabriel Reches nació en Buenos Aires en 1968. Es creativo audiovisual y escritor. Publicó la novela La caja y los poemarios Gómez, El resto, Strip, La evolución, 6 series y Es el fin del mundo Tía Berta. Trabajó en numerosos proyectos periodísticos y audiovisuales como redactor, editor, productor, director artístico, guionista, adaptador y realizador. Fue productor general de Los siete locos y Los lanzallamas.

Acerca de Roberto Arlt

Roberto Emilio Godofredo Arlt nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900, de padres inmigrantes. Criado en Flores, fue expulsado de la escuela a los ocho años, y prosiguió su formación de manera autodidacta. A los dieciséis abandonó la casa de sus padres y, después de ejercer diferentes oficios, se abocó al periodismo. Entre las décadas de 1920 y 1930 se acercó al célebre Grupo Boedo, cercano a la vanguardia literaria, la temática social y la ideología de izquierda.
 
En 1926 Arlt publica su primera novela, El juguete rabioso, en 1929 Los siete locos y en 1931 su secuela, Los lanzallamas. También escribe cuentos y sus Aguafuertes porteñas para diferentes revistas y periódicos. 1932 es el año de aparición de su última novela, El amor brujo. Durante la década de 1930 Arlt incursiona en el teatro, y sus obras (entre las que se destacan 300 millones y Saverio, el cruel) son estrenadas en su mayoría en el circuito porteño independiente, más precisamente en el Teatro del Pueblo fundado por Leónidas Barletta.
 
Roberto Arlt falleció en Buenos Aires el 26 de julio de 1942. Fue revalorizado póstumamente y considerado uno de los autores más relevantes e influyentes de la literatura argentina.

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